Columnas de opinión y análisis de la actualidad de Colombia publicadas los sábados en el periódico EL PAÍS - Cali


viernes, abril 27, 2007

El debate “para”-desprestigiar

El debate “para” ha demostrado que el Presidente es un hombre integro y patriota. En la preparación de este debate la oposición hizo investigaciones exhaustivas de cada uno de los hechos que componen los 54 años de vida del Presidente, basta imaginar todo lo que buscaron y removieron. Y del escrutinio minucioso no han quedado nada alarmante, salvo algunos errores –propios a la condición humana.

Deja una lección importante que el Presidente haya encarado las acusaciones de manera directa y sin hacer referencias personales, pues pone de presente que el enfrentamiento gobierno-oposición -propio de la democracia- debe distinguirse del desprestigio internacional del Estado, que afecta los interese nacionales. La oposición ha confundido estos dos niveles, y debe hacer un alto en el camino y preguntarse qué persigue con estos ataques.

Sí la estrategia se rige por el adagio: de la calumnia algo queda, sobran los comentarios. Sí es, en cambio, una manera de dañar el TLC y las relaciones del Gobierno con la comunidad internacional deben detenerse porque esa es una forma sucia de hacer política; no sólo daña a Uribe sino al país. La perdida del TLC y del Plan Colombia puede parecer positiva a la oposición, pues son ellos quienes rechazan ambos proyectos, pero en el juego democrático por sobretodo, debe respetarse la voluntad del pueblo; que en este caso respalda al Presidente y su programa de gobierno. Imponer mediante estos artilugios la política que ellos consideran apropiada es un irrespeto a la democracia y a los colombianos.

Sí, por el contrario, como debe ser, la oposición está interesada en la depuración y esclarecimiento de la verdad, debe tener cuidado y no confundir las acusaciones con la verdad y no sacar conclusiones ligeras y peligrosas sin contar con un fundamento probatorio certero. Una cosa es decir que la acción del Presidente contra los “paras” en Antioquia no les parece contundente -para lo cual habría que mostrar cifras y debatir- y otra cosa muy distinta es decir que Uribe es “para” o amigo de los “paras”. Una cosa es que existe una foto del hermano del Presidente cerca de Fabio Ochoa, y otra muy distinta que el Presidente o su familia tengan vínculos con la mafia. Una cosa es debatir sí las convivir fueron una buena política o sí tuvieron fallas, y otra decir que el Presidente las usó para favorecer a los “paras”. No puede la oposición creer todo lo que un testigo dice sobre lo que sucede en la Carolina o Gucharacas porque éste es el país del realismo mágico y la exageración hace parte de la cultura. Además no parece lógico hacer responsable a alguien de lo que sucede en una finca a la que no puede ir y cuyos trabajadores son amenazados y asesinados. Tan poco control tenía el Presidente sobre esas tierras que ahí fue asesinado su padre.

Y las paradojas; el gobierno que desmontó los “paras” y los puso en la cárcel es tildado de “para”. El gobierno que rescató a Colombia de la decadencia y la condujo al camino del desarrollo y las esperanza es descalificado por parte de la comunidad internacional. Dejan ver que las oposición está ciega y enceguece. No ve los cambios positivos, ni el esfuerzo supino del Presidente. Un debate políticamente serio tiene que por lo menos entender porque el pueblo sigue y ama a Uribe, y entender que internacionalmente él representa el Estado colombiano.

viernes, abril 20, 2007

Colombia en el debate político de EE.UU.

El inicio del debate político en EE.UU. ha puesto sobre la palestra pública los temas distinguirán para los electores la posición de demócratas y republicanos; entre ellos la relación con Colombia y en especial el Plan Colombia y al TLC. Varios editoriales de periódicos estadounidenses sobre estos temas reflejan la tensión entre los partidos. Los republicanos están a favor de ambos proyectos, en defensa de las acciones del gobierno Bush y los demócratas, en franca oposición al gobierno, manifiestan preocupaciones por los resultados insuficientes del Plan Colombia y por la conveniencia del TLC.

Ambos proyectos son fundamentales para Colombia así que este debate es especialmente riesgoso. La lucha contra las drogas no puede correspondernos únicamente a nosotros y el Plan Colombia es el primer intento serio de compromiso de EE.UU. en el asunto. Ahora bien, el TLC es prioritario para el desarrollo económico del país. Dicen los detractores del TLC que la entrada de los productos norteamericanos baratos es una amenaza para la economía nacional; pues los consumidores preferirán comprar el producto gringo de menor precio que el nacional; causando estragos en la industria y el empleo colombiano. Al respecto cabe decir que la protección de la economía nacional no corresponde al Estado, sino a la libre elección de los colombianos. Con el TLC los consumidores decidirán si pagan o no más por los productos nacionales, cada uno determinará cuanto está dispuesto a pagar para proteger nuestra industria. Pero aquellos colombianos que hoy, por restricciones presupuestales, no tienen acceso a ciertos productos -como pollo- tendrán la oportunidad de comprarlo a menor precio y eso es una gran virtud. Por otra parte, el TLC que se negoció con EE.UU permite la entrada ilimitada y sin aranceles de biocombustibles colombianos a ese país. El etanol y el biodisel constituyen una de las oportunidades más promisorias para el futuro del agro y la industria colombiana. Por ejemplo, Fedepalma estima que para el 2020 habrá 640 mil nuevas hectáreas de cultivos de la palma para la producción de biodisel, que proveerán 100 mil nuevos empleos directos y 300 mil indirectos.

La posición de los demócratas es especialmente compleja para el país, pues están decididos a no aprobar el TLC negociado y a mantener de las preferencia arancelarias del ATPDEA, que no incluyen el tema de los biocombustibles, mientras se “renegocia”. Las razones de los demócrata no son claras. Unas veces se muestran preocupados por las consecuencias ambientales y laborales de los proyectos. Otras dicen que para poder obtener estos beneficios Colombia tiene que mostrar mejores resultados; desconociendo los esfuerzos y los resultados del Gobierno Uribe. En especial se han referido al asesinato de sindicalistas y vale recordar que en el 2002 fueron asesinados 196 sindicalistas y el año pasado 65; hoy la tasa de homicidios de sindicalitas en menor que la tasa nacional: 5 por cada 100 mil sindicalizados, mientras la tasa nacional de homicidios es de 38 por cada 100 mil colombianos (veníamos de 68 por cada 100 mil).

Dicen los demócratas no tener nada contra Colombia, pero parecen no tener nada a favor, y estar decididos a ejercer la oposición sin considerar las consecuencias. Ojala de dinámica de oposición tenga menos fuerza que el análisis riguroso de la realidad.

viernes, abril 13, 2007

La Semana Santa en Popayan

Los tambores de la banda de guerra resuenan con toda su fuerza sobre las calles aglomeradas y los niños emocionados pueden oír su ritmo entre sus estómagos. Las trompetas con sus voces chillonas irrumpen de tiempo en tiempo con una tonada trágica que le recuerda a los fieles todo el dolor de la Pasión de Cristo. La procesión avanza y los pasos, que ilustran cada uno de los eventos trágicos que conducen a la crucifixión y muerte de nuestro Señor, se desplazan al ritmo sonoro de la marcha. Cada imagen viene rodeada por los personajes que dan vida a la procesión, la colorida sahumadora, los ocho cargueros, el regidor, la serpenteante fila de alumbrantes y el niño moquero, vestido como un carguero y que con cada vela que prende enciende en su corazón el deseo de cargar un paso en el futuro.

Por su parte, el publico observa emocionado el desfile. Han venido con antelación a buscarse entre la muchedumbre un lugar que les permita verlo todo. Algunos llevan horas parados en el umbral de una puerta, donde un escalón les dará la ventaja de una mejor vista. La ciudad entera ha venido presintiendo estas emociones, que en breve cruzan y se esfuman ante sus ojos, mientras los sonoros tambores se desvanecen entre el incienso de las calles que van visto por 451 años estos desfiles.

Volver a vivir la Semana Santa en Popayán me ha dejado dos reflexiones que quiero compartir.
Por una parte la celebración de Semana Santa en Popayán al igual que en muchos lugares del mundo no sólo es una alabanza viva y externa de la Fe Católica, sino una ocasión de unión y la integración entre los ciudadanos. Ésta fiesta permite que la ciudad edifique su identidad y construya un propósito común. Y ésta devoción le otorga un sentido a las conductas ciudadanas y da un motivo claro por el cual mantener y construir una mejor ciudad. Es así como el primer reto que enfrentan esta celebración es el crecimiento demográfico. Para que la fiesta mantenga su poder de cohesión social y no se convierta en un motivo más de exclusión, corresponde a la comunidad y a las autoridades competentes generar nuevas alternativas que vinculen más ciudadanos y garantice que el tejido social crezca y se fortalezca en torno a la Semana Santa.

Pero por sobretodo, la Semana Santa tiene que poner de presente para todos los cristianos la fortaleza ética y espiritual del mensaje de Cristo. El estoicismo, la generosidad, el perdón y el amor de Jesus, contrastan con la ceguera, la soberbia, la traición y las injusticias humanas. Revivir la Pasión es un evento que conmueve las mas íntimas fibras de cualquier ser humano porque evidencia las debilidades humanas a través de las flaquezas de los acompañantes de Cristo y el contraste con la grandeza del Espíritu Divino. Cuantas veces actuamos como Judas prefiriendo el efímero beneficio económico, o nos sentimos como Pedro que en medio del temor a la persecución preferiré negar lo que cree. Tantas otras veces somos Pilatos y conociendo la injusticia somos incapaces de luchar contra ella, y escogemos el lugar seguro que se lava de la responsabilidad. Somos también como Caifas enemigos de lo que se nos opone. Hemos sido como el público expectante que se burla y juzga implacablemente, y que luego -cuando lo sacude un temblor y el cielo se estremece- comprende la verdad y está dispuesto a decir que todo fue culpa de otros. Cuán distantes estamos de Cristo.

sábado, abril 07, 2007

Violencia: ¿una entrada a la política?

Es inaceptable que el Polo (PDA) invite al ELN a participar en política, sin que se haya llegado siquiera a un acuerdo de paz con ese grupo guerrillero. El hecho sobretodo devela la idea terrible que se ha ido almacenando el inconsciente colombiano de que la violencia es una plataforma para una carrera política. Tenemos que erradicar esa impresión. Nada puede justificar la violencia y una sociedad sana no puede aceptarla como modo de vida, y mucho menos premiarla con cargos de dirección.

Es preciso distinguir la violencia de la guerra; en la guerra el enfrentamiento es frentero y entre grupos igualmente armados y dispuestos para tal propósito; sin ataques a los pueblos, secuestros, masacres y extorsiones. Hay también una diferencia sustantiva entre un mártir y un fanático: el primero está dispuesto a morir por lo que creé y el fanático esta dispuesto a matar por lo que creé. Son dos actitudes vitales distintas y dos caracteres opuestos: el primero admirable y propio del idealista y el santo, el otro simplemente está poseído por la soberbia.

Pero en Colombia ha habido muchos fanáticos políticos violentos alabados y admirados, y por eso las masas han tenido malos ejemplos y lecturas equivocadas de los hechos. Es así como muchos compatriotas están convencidos que violencia es una herramienta política aceptable y un signo de valentía o un medio para grandes fines y nobles propósitos. Un tendencia escabrosa ha ido creciendo hasta aberraciones como la de Garavito, el violador y asesino de más de un centenar de niños, que anunció su arrepentimiento y seguidamente dijo que quería iniciar su carrera política siendo Senador.

En este contexto no es aceptable la invitación del PDA a los guerrilleros del ELN para que participen activamente en política. El ELN para “liberarnos” de la inequidad y la explotación ha sido causa de devastación, ruina y dolor entre los colombianos. Por ejemplo, son los secuestrados del ELN los que nos cuentan las historias mas espeluznantes de su cautiverio donde son torturados y enterrados en vivos en huecos, los autores de masacres, voladuras de oleoductos para extorsionar a las petroleras, sin que importe el riesgo social –como la masacre de Machuca- o los daños ecológicos causados por derramamientos de crudo más grandes que el Exxon Baldes. La sociedad ya es generosa con al ofrecerles una reincorporación a la vida civil en los términos de la ley de justicia y paz.

Sorprende además que la invitación sea precisamente del PDA. Son ellos los críticos más vehementes del proceso de paz con los paramilitares por considerar que la ley es laxa y que no sanciona suficientemente los crímenes atroces que cometieron esos bandidos. Ahora, frente a los terroristas de izquierda se muestras más serenos, blandos y comprensivos, al punto de invitarlos a hacer parte activa de su partido.¿Qué sería del partido que invitara a los jefes paramilitares a hacer parte del juego político?

Pareciera que el Polo no tiene problemas con violencia ni con la aplicación de la justicia, sino con la ideología política que las inspira. Sí es violencia de derecha, es reprochable e imperdonable y merece toda la sanción hasta el extremo fatal de rechazar el actual proceso de paz con los paras; pero sí es violencia de izquierda no solo aceptable, sino que es deseable que sus ejecutores sean personajes políticos de primera línea.

viernes, marzo 30, 2007

La política y el medio ambiente

El movimiento civil a favor del medio ambiente está cayendo en una trampa del quehacer político. Cada vez somos más los ciudadanos que nos preocupamos por la situación ambiental del planeta, y que los retos que enfrentamos en estos campos como el fenómeno del calentamiento global, la sexta gran extinción de las especies y las malas perspectivas sobre el agua, serán en corto tiempo los temas fundamentales de la humanidad. Sin embargo, el tema ambiental se está convirtiendo en un factor diferenciador de los partidos políticos. La idea de que son los partidos de izquierda los que están interesados en los temas ambientales cada vez se afianza más entre los ambientalistas y consecuentemente son, también, cada vez más los electores que inclinan su voto bajo ésta consideración. El hecho es interesante desde el punto de vista de los partidos políticos, pero sumamente preocupante para las causas ambientales.

Los partidos políticos luchan por conquistar el favor del mayor número de sectores sociales y para atraerlos hacen propios los intereses y requerimientos que los caracterizan. Así que, desde le punto de vista político la izquierda se ha apuntado bien, hacia un grupo que asegura un crecimiento sostenido con una agenda temática amplia y novedosa. Pero para el interés ambiental la dinámica es trágica. El desarrollo y la articulación de políticas públicas para proteger el medio ambiente queda sujeta al juego político. Si los partidos abanderados de la causa son derrotados en las urnas, el pábulo se hunde y, peor aún, se vuelve un medio para la contienda política. El partido vencedor mancilla –no al partido derrotado- sino la bandera derrotada. La democracia siendo el mejor sistema de gobierno permite ciertos juegos en los cuales los partidos se fortalecen con un alto costo para las ideologías. El caso se ilustra perfectamente en Estados Unidos donde el Partido Demócrata “dueño” del discurso ambiental ha logrado los mayores avances en lo que a legislación y políticas públicas ambientales se refiere, y ha obtenido un crecimiento significativo de sus seguidores. Entre tanto, que el partido Republicano, para atacar a los demócratas y demarcar las diferencias la ha emprendido contra causas ambientales muy significativas como el calentamiento global y en consecuencia, flexibilizó las normas ambientales y se negó a firmar el protocolo de Kyoto.

Los que nos preocupamos por el ambiente debemos tener una visión crítica de este fenómeno, pues no podemos permitir que el tema ambiental se convierta en la insignia de uno u otro partido. El problema ambiental tiene que colocarse como uno de los grandes temas de la política, al lado de la desigualdad social, el desempleo y la salud; por mencionar sólo algunos. Sobre esos temas todos los partidos políticos tienen un análisis y una propuesta. Y no hay ningún político que no dedique parte de su discurso por sucinto y simple que sea a esas materias. Es entonces prioritario que los ambientalistas juguemos el juego democrático con astucia para no salir lesionados, debe haber amantes del ambiente todos los movimientos políticos, dedicados a multiplicar los requerimientos y convertir el ambiente en un lugar común de la política. Llenos de inspiración ambientalista tendríamos que variar las palabras del poeta y decir: ¡Oh democracia! Bendita seas, pero no nos mates.

viernes, marzo 23, 2007

El secuestro político: la fabricación de la ruptura entre victimas y Gobierno

Cobrar por la libertad es el crimen más abominable que existe. El secuestro no sólo suprime la libertad, el bien más preciado del hombre, sino que extiende el castigo a todo el cuerpo social y familiar que tiene vínculos afectivos con la víctima. Si fuera posible erradicar el secuestro cualquier medida sería justificada y necesaria. Infortunadamente el acuerdo humanitario no soluciona el problema.

Hay diferencias sustantivas entre el secuestro político y el económico. Por una parte, no son las familias quienes deciden sí pagar y cuanto pagar por la liberación de su ser querido; la decisión corresponde al Presidente, así lo exigen las FARC. Por otra parte, la extorsión no recae sobre un patrimonio familiar, sino sobre la institucionalidad colombiana. La situación es terrible para las familias y para el Presidente, y lesiona la natural unión que debería existir entre ellos.

Conocemos familias que deciden entregar todo lo que tienen para liberar a “su secuestrado”. Otras que, aún costándoles la vida de su ser querido, deciden no financiar criminales para que el flagelo no se nutra. En los dos casos es evidente que la decisión es difícil, dolorosa e inspirada en la convicción de que es lo mejor para el ser amado en cautiverio y la familia. Así también sucede en el secuestro político.

Para comprar la libertad de los servidores de la causa democrática se le exige al gobierno que despeje municipios y libere a los criminales detenidos de las FARC. Si el Presidente no capitula ante la extorsión, no es porque no ansíe la libertad de los secuestrados, equivale más bien a la familia que no quiere pagar porque comprende que financiar a los criminales sólo extiende el crimen. No querer el despeje militar de municipios se explica porque este pago no soluciona el gran mal y tiene implicaciones futuras. El despeje es un avance político para las FARC, que se acercan a herramientas legales como el estatus político, útil para justificar internacionalmente la violencia que ejercen. Además, significa un detrimento de la institucionalidad colombiana y sí bien, el intercambio se plantea como único, puede convertirse en una forma extorsiva sobre gobiernos futuros.

Es injusto exigirle a las familias de los secuestrados políticos que cuando piensen en el rescate de su ser querido, piensen también en la nación, pues hay otras familias que no tienen que hacerlo. Injusto, pero inevitable. Es un costo más que ha impuesto la guerrilla a aquellos que, en medio del sacrificio y el riesgo, han optado por una vida o pública o en las fuerzas armadas. Esas familias no deben enfrentarse Gobierno, como lo hicieron en su visita a la OEA para solicitar que la comunidad internacional le dé un espaldarazo a la extorsión de las FARC sobre el Estado colombiano. Entre ellos debe haber unión, pues representan los principios democráticos.

El nombramiento de Fernando Araujo como nuevo Canciller refleja que el secuestro es un tema prioritario para el Presidente. Araujo lleva en su corazón el dolor del secuestro, es la cara de Colombia en el exterior y es la oportunidad de una gran alianza entre el Estado y las víctimas del secuestro. Alianza que logre la declaración de este delito como un crimen de lesa humanidad y consiga que la comunidad internacional presione para la liberación incondicional de todos los secuestrados. No toleremos que las figuras públicas y el afecto se utilicen como medios para extorsionar al Estado y a los particulares, y fabricar distanciamiento entre ellos.

sábado, marzo 17, 2007

La orfandad Latinoamericana

Con ocasión de la visita del Presidente Bush vale la pena hacer algunas reflexiones sobre las relaciones de E.U. y la América hispánica. Señalan acertadamente los críticos que los “gringos” no están preocupados por nuestros intereses sino por los suyos propios; y que en consecuencia en cada negociación defienden de manera egoísta sólo lo que les conviene. Pero que esto sea así, no significa que E.U. pueda ser catalogado como una nación abusiva. Más bien se trata de dos cosmovisiones distintas.

Dos herencias nefandas nos quedaron de la época colonial española: la mentalidad de colonia y el paternalismo. Desde aquellos tiempos sentimos que las buenas decisiones, al igual que todo lo bueno, viene de afuera. La devoción por todo lo importando contrasta con el desprecio de lo propio. El origen de nuestra mentalidad paternalista surge también la sociedad colonial y su estructura feudalista y extractiva donde el colonizador-señor feudal tomaba las decisiones para y por sus súbditos. El modelo se perfeccionó hasta llegar a la relación simbiótica en que vivimos hoy; un Estado que pretende ser padre y un pueblo que espera que ese padre sea bueno y le provea todo lo que necesita. La ciudadanía se incapacita a sí misma y le atribuye la responsabilidad de su destino al Estado padre. De manera que siempre andamos en la difícil búsqueda de ese líder que sea bueno y justo y sabio.

Curiosamente el modelo se reproduce en las instancias internacionales y los líderes latinoamericanos esperan que los países admiradísimos y desarrollados se hagan cargo de los problemas que no hemos podido solucionar. Y es así como llegamos a la conclusión de que las grandes potencias mundiales deberían estar preocupadas por nuestros problemas tanto como por los suyos. Y esperamos que esas potencias sean también buenas y justas y sabias. Espera inútil porque las potencias no quieren ser padres.

Los colonos de E.U. llegaron para quedarse y en su sociedad ninguno era mejor que otro, cada uno debía trabajar para proveerse lo que necesitaba sin ayuda. La idea de que la interacción de los intereses individuales y egoístas termina por beneficiar la sociedad no requiere que existan seres altruistas capaces de comprender y solucionar los problemas que aquejan a los demás. Se basa en una sociedad igualitaria donde cada uno debe y tiene que ser capaz de hacerse responsable de su propia vida. La misión de un buen Estado es respetar las iniciativas e intereses privados para que cada uno busque lo que necesita, pues al final el colectivo social será beneficiado. Y una buena potencia es aquella que busca sus propios intereses, mientras las otras hacen lo propio, para que el final el mundo entero se beneficie.

Pueden hacerse muchas críticas a esta visión del mundo pero cuando América fue descubierta todos los países eran iguales y si algunos tenían ventajas eran los hispánicos, ricos en metales preciosos y recursos naturales y aún así, E.U. los superó. Mientras los latinoamericanos sigamos buscando padres estaremos condenados a muchos años de orfandad.

sábado, marzo 10, 2007

La paz es un problema de Colombia y no del Gobierno

Una negociación con los grupos al margen de la ley es costosa socialmente, porque no se puede aplicar la justicia con toda su fuerza. Precisamente se negocia porque la institucionalidad ha sido incapaz de someterlos por la fuerza, o porque el costo del sometimiento en términos de tiempo y vidas humanas es mayor que las concesiones que exige una negociación para disminuir o acabar el conflicto. En este delicadísimo equilibrio la sociedad, para acercarse a la paz, ofrece alternativas a los violentos con la ilusión de que sean suficientemente atractivas para sacarlos del conflicto. Una propuesta del tipo: entréguense, confiese todos sus crímenes y váyanse a la cárcel 30 años; no es persuasiva para un grupo respaldado por miles de hombres armados en actitud de guerra. En la negociación, entonces, la sociedad les da algo que no se merecen, paga un “precio” para incorporar a la vida civil al grupo al margen de la ley. Esa es la esencia de negociar.

El proceso de paz con los paramilitares era prácticamente impensable hace unos años porque le estaban ganando al ejercito nacional, tenían recursos ilimitados provenientes de la droga y la extorsión y además estaban organizados en escuadrones móviles, como los de la guerrilla, que según los expertos son muy difíciles de derrotar. Así que, cuando el Gobierno del Presidente Uribe logró un proceso de paz con ese grupo, sorprendió a la sociedad colombiana. Y los resultados de la negociación fueron aún más impresionantes: los paramilitares aceptaron resarcir en algo los daño causados, pagar penas privativas de la libertad, renunciar a los derechos políticos y revelar al país la verdad.

Pero, la paz no la hacen los Gobiernos sino las sociedades e infortunadamente pareciera que la sociedad colombiana no está lista para ella. Las críticas al proceso de paz dejaron de ser constructivas, y se dedican a presionar la negociación desde todos los ángulos haciendo dudar a parte de la sociedad sobre la conveniencia de esas concesiones.

Dicen los críticos que no se han desmovilizado todos, habría que responderles que aún unos pocos significan menos fusiles disparando. Alegan entonces, que las penas son irrisorias; evidentemente los castigos no se compadecen con las terroríficas cruzadas paramilitares, pero les recordamos que fue una negociación con un grupo que hubiera podido seguir en la guerra y que nos evita tener que emprender de nuevo la lucha en su contra. ¿Prefieren acaso un conflicto indefinido?

Habría que decirle a los críticos de izquierda que su intolerancia con un proceso de negociación con los paramilitares no se compadece con la generosidad que tuvo el país con grupos armados de izquierda, como el M-19 se les otorgó un indulto y fueron nombrados en altos cargos de dirección en el Estado. A la crítica uribista que piense en el bienestar de la nación, más que en su propia carrera. Y ambas facciones deben medir el daño que le puede causar al país llevar este proceso al fracaso y el consecuente recrudecimiento del conflicto.

La sociedad colombiana debe juzgar por sí misma; no dejarse impresionar por los críticos que por lucirse políticamente han herido de muerte la reconciliación nacional. Si el proceso no tiene éxito, no será un fracaso del Gobierno, es un fracaso para Colombia. Esta es una oportunidad sin precedentes, extender su mano generosa y abrigar con su manto a los paramilitares, para intentar entretejer con ellos la paz.

viernes, marzo 02, 2007

El circo de los justos

“Quien esté libre de pecado tire la primera piedra” y paradójicamente, las piedras no han parado de llover. ¿Será que en el país hay muchos libres de pecado? En un conflicto tan complejo como el que ha vivido el país, todos los colombianos nos hemos hecho pecadores por acción o por omisión. Están aquellos que para vengar la injusticia social se volvieron terroristas, y otros que para defenderse los igualaron. Muchos que teniendo una idea tergiversada de los problemas que nos rodean y su solución, se condujeron por caminos deplorables y terribles. Desplazados por la violencia que llegaron a las ciudades y cayeron en conductas delictivas. Colombianos que pervertidos en el festín de la corrupción han optado por comer en esa mesa y, trafican drogas, corrompen instituciones, se apropian del erario publico. Y otros colombianos que enfrascados en nuestros propios conflictos hemos caído en el más perturbador de todos los pecados: la indiferencia.

Es difícil entender como surgieron los conflictos, los vínculos entre la mafia, los paramilitares o la guerrilla, y todas las esferas sociales: los políticos, los empresarios, los agricultores, la banca e incluso nuestra cultura. Pero, aún más difícil entender por qué la mayoría de los colombianos decidimos convivir con el crimen y ser indiferentes ante una realidad que debía hacernos llorar; pues podíamos ver la sangre que se derramaba, oír el clamor de la víctimas, oler la incineración de los hogares y sentir el ambiente enrarecido.

Es más cómodo pensar que no tenemos nada que ver en estos procesos, y sacar a relucir morales impolutas y hacer juicios severos que nos se compadecen con nuestros meritos, sino con nuestras circunstancias. Estamos aplicando, también, la formula de algunos políticos de que “todo ocurrió a nuestras espaldas”. Los otros son culpables, y nos paramos felices a lapidarlos.

Es incuestionable que los culpables de los crímenes tienen que ser juzgados con toda la rigidez de la justicia y de manera implacable. Pero los demás deberíamos sentirnos compungidos ante esta tragedia nacional. Aquellos que son culpables son las caras de nuestra propia incapacidad de construir un país mas justo, un país que no tolere y no invite a estas alianzas macabras. En ellos, en muchos sentidos, se purga lo peor de nosotros mismos: la permisividad, la tolerancia con el crimen, por encima de todo el deseo infinito de no ver lo que esta pasando.

Las lecciones que debemos aprender no se aprenden en medio del frenesí enloquecido de señalar brujas y cortar cabezas. Las cabezas deben cortase después de un juicio justo, en medio del sosiego, para que todos comprendamos, y nos arrepintamos de lo que ha pasado. El exhibicionismo amarillista que está caracterizando este proceso no se compadece con la gravedad de los cargos y mucho menos, con el dolor de las victimas.

Celebrar los hechos de justicia es una característica de todas las sociedades, aún más debe serlo en un país donde hay tan pocos. Pero no es esperanzador ver, como embriagados por los licores amarillistas de los medios de comunicación, los colombianos transfiguran la celebración en el festín del circo romano.
La turba efervescente, en medio el aplauso acalorado, cargada de odio y do rencor, no ve que la sangre derramada refleja su propia decadencia.

viernes, febrero 23, 2007

La tragedia saber o no saber

¿Sabían o no sabían? En esta pregunta nos hemos atascado los colombianos a la hora de juzgar una serie bastante larga de políticos, ministros, empresarios, contratistas, funcionarios que terminan involucrados en escándalos de corrupción que avergüenzan al país. Y resolver si sabían o no, se vuelve un proceso especulativo infinito que no puede solucionarse sin una confesión. Es así, como tantos hechos bochornosos han quedado bajo el manto de la sospecha de que sí sabían, pero sin el peso certero de la responsabilidad.

La pregunta sobre sí, sabían o no, es absolutamente irrelevante a la hora de abrogar responsabilidades políticas, o al menos debería serlo. Valdría la pena que los Colombianos volviéramos a leer a Sófocles, que nos narra la infortunada historia de Edipo Rey que dominado por un destino trágico da muerte a Layo y se casa y engendra sus hijos con Yocasta. Los giros crueles del oráculo terminan por descubrirle que es un parricida y comparte el lecho con su madre. ¡Y él no lo sabia!

Pero, Edipo comprende que su ignorancia no es excusa; es un motivo más de escándalo. Edipo, el poderoso, debía saberlo y no lo supo. Y aunque no lo supiera, es ahora el esposo de su madre y el asesino de su padre. Su propio destino le repugna y él mismo se infringe el doloroso castigo de sacarse los ojos. Esos ojos que no le sirvieron para ver lo que le correspondía; esos ojos con los que ya no podría mirar a la sociedad traicionada. “¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, miren: he aquí a Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre poderosísimo; aquel al que los ciudadanos miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles desgracias ha venido a parar!”

Edipo tiene que asumir la responsabilidad que corresponde a un cargo de alta dignidad social. ¿Y por qué? Porque la responsabilidad política no puede fundamentarse en si sabía o no, en si es o no corrupto; porque algo socialmente inaceptable sucedió; él ahora está corrupto y una sociedad no puede aceptar ni perdonar a un rey parricida. Y él mismo entiende que debe ser juzgado y sancionado por la ineptitud de no saber lo que pasa a su alrededor. ¡Como se atreve a comprometerse a cumplir las tareas mas delicadas de la sociedad sin tener la capacidad para hacerlo! Él comprende que Tebas no puede tener un rey sobre quien recaen semejantes escándalos. Su vida publica ha muerto.

Pero esa era la antigua Grecia. En la sociedad colombiana se comenten todo tipo atrocidades y los reyes no son responsables, porque no sabían. Deberían saberlo, es parte de su función, pero no lo saben. Deberían sentir vergüenza por su ineptitud, por su falla, y no la sienten. Pero por sobretodo, deberían tener una conciencia moral que coincida con los postulados éticos de la sociedad. Están involucrados, aun sin haberse dado cuenta, en hechos que avergüenzan a la nación, y deberían sentir vergüenza de sí mismos por hacer parte del escándalo, y marginarse abochornados de todo cargo de responsabilidad. Su inteligencia, su habilidad ha mostrado ser insuficiente; su persona está manchada por las dudas. Pero sucede todo lo contrario, la inteligencia de aquellos que todo lo saben, termina por convencernos de que lo ignoran todo. Es así, como el Edipo colombiano se hace rey de otro reino, disculpado por su ignorancia, y la sociedad colombiana se saca los ojos para no verlo. ¡Oh colombianos, que cúmulo de desgracias, sí no queréis ver, al menos oíd lo que nos pasa!

sábado, febrero 17, 2007

Critica a la critica

La oposición en una democracia tiene un valor incuestionable, pues tiene ojos abiertos para señalar fallas y sugerir modificaciones a los procesos. Y tenemos que reconocer que el Polo Democrático ha cumplido esa misión; ha señalado, a veces apropiadamente y otras desacertadamente, defectos del complejísimo proceso que adelanta el Gobierno con los paramilitares, y sus criticas han servido para que la nación y el Gobierno afinen sus decisiones.
Pero es inadmisible que, cuando el Presidente Uribe dice que la investigación de los vínculos de los políticos con los paramilitares debe ampliarse, para esclarecer los vínculos de los políticos con la guerrilla, la oposición diga que el Presidente lo hace sólo para camuflar los escándalos de parlamentarios con presuntos vínculos paramilitares.

Los uribistas no aceptamos ese cargo. El presidente Uribe ha sido irreductible en su decisión de llevar un proceso de paz con los paramilitares donde prime la verdad y la justicia dentro de los limites que exige una negociación –una negociación y no una derrota militar-. Una negociación sin precedentes, pues no existen muchos casos en el mundo donde un Gobierno logre que los lideres del movimiento que se desmoviliza estén en la cárcel. Una negociación que además significa un avance impensable sobre los procesos de paz que ha realizado el país, pues
no ha habido zonas de distensión y mucho menos perdón y olvido. Así que, no es cierto que los uribistas, y con esto incluyo al Presidente, tengamos miedo a los escándalos que puedan implicar a políticos de esta filiación. Es precisamente el Gobierno quien ha iniciado y liderado el proceso, tal y como quedo consignado en la Ley de Justicia y Paz y lo ha reiterado con la voz firme del Presidente Uribe.

Lo que si resulta sorprendente, es que ante una nación preocupada por el esclarecimiento de los crímenes cometidos por mafia, paramilitares y guerrilla, la izquierda ventile un argumento falaz para evadir una fracción fundamental del proceso: el esclarecimiento de los vínculos entre la izquierda institucional y la narco-guerrilla. ¿O es que acaso no será necesario saber, si hubo beneficiarios políticos del extermino sistemático y horripilante que hizo las FARC de la Familia Turbay en el Caquetá?; ¿No sería importante determinar si hubo beneficios políticos luego del extermino de varios políticos conservadores del Huíla entre ellos Héctor Polanía, Jaime Lozada y su esposa secuestrada? ¿Y no será justo conocer el numero y el nombre los miles de secuestrados en todo el país, muchos de ellos asesinados, que han sido despojados del legítimo producto de su trabajo por la guerrilla?; ¿Y conocer la incidencia de esos grupos armados sobre los procesos electorales en zonas dominadas por guerrilleros?; ¿El efecto político de la tomas y voladuras de pueblos a lo largo y ancho de Colombia? Entre tantas otros casos.

El país quiere y necesita saber si la izquierda institucional ha tenido vínculos y obtenido beneficios políticos de la guerrilla. No hay argumento posible para rechazar esa propuesta. Salvo que se llegue a la atrocidad sugerida por Antonio Navarro de que “hay unos más malos que otros”. Sus comentarios no dejan de ser preocupantes. ¿Insinúa acaso, que hay muertos mejores que otros? ¿Secuestros mas justificados que otros? ¿Ideologías que sí justifican crímenes? Y tampoco es clara la decisión del Dr. Carlos Gaviria, que encarna la más respetable de las izquierdas colombianas, que siempre había tendido claro que ninguna ideología justifica la violencia. Aquellos que lo admiramos, desde la otra orilla política, esperábamos verticalidad en que si algún político de izquierda ha tenido vínculos con aquellos que han teñido de rojo el suelo patrio, debe ser expuesto y expulsado de la vida pública en los mismos términos que ese partido lo exige con los para y narco políticos.

Existe pues, una aparente tensión en la izquierda institucional que tiene que ser aclarada. Por una parte, como parecería sugerir Navarro, hay una disposición a tolerar vínculos invisibles y turbios entre la política y la guerra, por lo cual es necesario que nos expliquen bajo que conceptos
morales son diferentes los crímenes paramilitares y mafiosos de aquellos que comete la narcoguerrilla. Por otro lado, si tienen la determinación de no aceptar esos vínculos político-guerrilleros, entonces, tendrían que iniciar ya mismo un juicioso escrutinio que los devele y sancione con la rigidez que ellos predican. Pero que definan su posición ahora, de frente, sin
esconderse tras la critica.

Por que Uribe en la primera vuelta

La oposición se pregunta una y otra vez por qué más de la mitad de los electores estamos decididos a elegir a Uribe en la primera vuelta. Y es tan claro para nosotros como es oscuro para ellos. Las razones por las que unos lo amamos y otros lo odian son las mismas, la diferencia radica en la lectura que hacemos del país y en consecuencia en las soluciones que suponemos resolverían los problemas.

Dicen los opositores que Uribe desinstitucionaliza el país, que sus consejos comunitarios y su manera de meterse en todo –hasta en indicar como se siembran las papas- es el retorno al mas primitivo paternalismo estatal. En cambio, consideramos que esta actitud le devuelve la credibilidad a las instituciones. El pueblo colombiano hace mucho que dejo de creer en el Estado como un ente regulador benévolo o siquiera útil. El vulgo lo entiende como un aparato opresor del que , tal vez, se esperó algo, pero que con el discurrir de la existencia se descubrió como cínico e inservible. Uribe acercó ese Estado estirado, centralizado, teórico y soberbio a todos y cada uno de los ciudadanos. Le ha dado voz a esos que después de tanto gritar para que los miraran se habían quedado mudos. Es la persona de Uribe –el presidente- en la que cualquier ciudadano encuentra la mano amiga que andaba buscando y que ya no pensaba encontrar.

Y entonces dicen que Uribe tiene un régimen personalista, y es cierto. Pero eso no es necesariamente malo. Uribe es también el Presidente. Esa institución que a fuerza de ser ejercida sin liderazgo, sin convicción y sin resultados se había convertido en un sonoro titulo sin nada mas que un pasado lisonjero. Uribe tiene la legitimidad del caudillo y bajo el ejercicio de su magisterio no ha hecho otra cosa que permear de esa legitimidad a la institución presidencial. Los uribistas creemos que el Presidente sí puede hacer cosas, que sus acciones sí tienen repercusiones y que buenas decisiones son capaces de alterar nuestras vidas. Tal vez en el principio -y aun hoy cuando queremos la reelección- consideramos que es Uribe y no el cargo presidencial el que tiene esos poderes, pero muy pronto será indistinto y finalmente será un atributo de la institución presidencial.

Y que es un caudillo lo es. Y nuevamente, eso puede ser una ventaja. Colombia es un país de caudillos y no de ideas, creo que en ese coincidimos todos, al igual que coincidimos en la certeza de que no es lo mas deseable. Ojala fuéramos una democracia culta, desarrollada, pero no lo somos. Diferimos entonces en le remedio para esta dolencia. Los detractores opinan que debería jugarse como ha venido jugando la historia; votar en contra el caudillo, otros menos prácticos esperan que en estas elecciones Colombia –por un milagro del cielo- ya no se rija por legitimidades carismáticas, lo que es, a lo menos, ingenuo. Para eso nos faltan años de educación, de participación comunitaria y descentralización. En eso estamos.

Somos lo que somos, y entonces hay que decir que un buen caudillo es siempre mejor que el opositor del caudillo, cuya única virtud se limita a eso: ser el otro. El caudillo contribuye a la construcción de instituciones legitimas, como ya lo había dicho. El caudillo es capaz de devolverle a las masas la fe perdida, de convencerlos de luchar y de no rendirse. El caudillo tiene la fuerza para iniciar el cambio.

El cambio cuyo vértigo asusta a los opositores. Los uribistas somos mas arriesgados; no sabemos si el cambio será definitivo, permanente y completamente benéfico –nadie que no tenga poderes para ver el futuro puede saberlo- pero si vemos que al menos saldremos del letargo moribundo y estéril en el que desfallece la patria, y estamos seguros de que si por el camino descubriéramos la proximidad del abismo siempre será posible corregir el rumbo.