El diseño autónomo de las CAR ha dado lugar a que se conviertan en entes politizados y a que sus funciones se ejerzan sin control. Hay casos donde las directrices del Ministerio de Ambiente son desconocidas, como sucedió no hace mucho con Cardique, que aplicó una excepción de inconstitucionalidad para derogar una de las resoluciones del Ministerio que protegen los manglares y autorizó la destrucción de los relictos de manglar.
Hay casos más desconsoladores, como la extracción de madera en el Chocó, donde la función del Ministerio contribuye a la destrucción de la biodiversidad. Esa tarea en esa área se hace incumpliendo preceptos legales: los planes de manejo ambiental de los extractores son casi idénticos, hechos por un mismo ingeniero, sin censos serios. Codechocó no hace visitas a los permisos de aprovechamiento, pues –según ellos- no tienen recursos para hacerlo (aunque la ley establece que éstas deberían ser costeadas por el aprovechador). Pero, lo que es peor, ni siquiera lleva control formal de los saldos de especies autorizadas en los permisos: con cada extracción el saldo aumenta en vez de bajar. Para mayor oprobio: el Ministerio creía que Codechocó tenía una oficina para el control de los productos maderables en San Juan. Luego de una visita se descubrió que no existe desde hace años; el funcionario despacha, prácticamente, desde Buenaventura.
En Codechocó se ‘perdieron’ 700 salvoconductos y denunciaron el hurto sin siquiera incluir los números seriales de los documentos y, por supuesto, esos documentos sirvieron para amparar madera ilegal. Durante tres años la Corporación no cumplió con la obligación legal de reportar al Ministerio sobre la emisión de salvoconductos y los volúmenes explotados por especie.
Aún así, Codechocó solicitó al Ministerio nuevos cupos de aprovechamiento, presentó los reportes omitidos y sin mayores estudios, sin importar la manera irresponsable como se extrae la madera, el Ministerio le otorgó un nuevo cupo de 1,4 millones de metros cuadrados de madera de bosque natural.
En abril, un alud casi destruyó Puerto Libertador-Córdoba, debido a la extracción ilegal de oro que realizan varias máquinas en la zona de amortiguamiento del Parque Natural de Paramillo. El Presidente ordenó la acción de las autoridades, pero la CAR no se dio por aludida y hasta hace dos días todo seguía igual.
Otro caso insigne es el blanqueamiento de madera de Corpourabá, que hasta hace poco tiempo multaba al infractor con cargamento ilegal de madera y le devolvía la madera.
Estas situaciones muestran la necesidad de repensar el diseño de las autoridades ambientales. La descentralización es importante, porque pone en cabeza de las autoridades locales elegidas popularmente los problemas que los afectan directamente. Pero la desconexión de las CAR frente al Ministerio y frente a la población las vuelve entes inútiles en una democracia, pues no existe doliente en sus acciones y no hay cómo presionar ni participar. Más aún después de que la Corte Constitucional validó la tesis de la CAR Cundinamarca de que las consultas populares no se les aplican a las CAR y el municipio de Nemocón realizó una consulta en la que la población rechazó la construcción de un basurero en su territorio, pero éste aún se construye.
13 de junio de 2009
Columnas de opinión y análisis de la actualidad de Colombia publicadas los sábados en el periódico EL PAÍS - Cali
sábado, junio 13, 2009
sábado, junio 06, 2009
¿Equilibrio de poderes?
Está en boga hablar sobre el sistema de frenos y contrapesos que imaginara Montesquieu: un estado donde el poder está dividido y las ramas son independientes, pero hay controles de unas a otras que limitan el abuso del poder y garantizan la libertad política. La Constitución de 1991 no logró ese objetivo; estableció un Poder Judicial desbordado, al servicio de los intereses de los magistrados, cuyas consecuencias son hoy patentes:
La Corte Suprema de Justicia no sólo juzga sino que investiga a los congresistas. Un oprobio en cualquier sistema jurídico. Las funciones instructivas difieren mucho de las de juzgamiento, las pruebas del periodo instructivo van dirigidas a descubrir el delito y para juzgar y condenar la plena prueba requiere estándares cuantitativa y cualitativamente superiores, exigencia que la Corte ha desconocido en las condenas contra congresistas.
Insiste la Corte en fallar en única instancia, lo que contradice los derechos del hombre, que reconocen como fundamental el derecho a un juicio con doble instancia. Este solo hecho ya vuelve nulos todos los procesos que ha seguido la Corte a los congresistas. Pero si ello no fuera suficiente, la Corte decidió prohibir los salvamentos de voto y eliminó de las providencias el nombre del magistrado ponente. Estos son elementos fundamentales del juez colegiado que garantizan la responsabilidad de los magistrados y la evolución de la jurisprudencia. Al mismo tiempo, un magistrado escondido dentro del grupo se asemeja mucho a los ‘jueces sin rostro’ que, junto con la única instancia, son practicas reprobadas por los estándares internacionales de administración de justicia.
La Constitución, además, consagró la impunidad de los magistrados de la Corte, pues estableció que ellos son sus propios jueces. El Artículo 174 dice que corresponde al Senado conocer de las acusaciones que contra los magistrados formule la Cámara de Representantes, pero el Artículo 175 dice que, en esos juicios, “si la acusación se refiere a delitos cometidos en ejercicio de funciones o a indignidad por mala conducta, el Senado no podrá imponer otra pena que la de destitución del empleo o la privación temporal o pérdida absoluta de los derechos políticos; pero al reo se le seguirá juicio criminal ante la Corte Suprema de Justicia” y “si la acusación se refiere a delitos comunes, el Senado se limitará a declarar si hay o no lugar a seguimiento de causa y, en caso afirmativo, pondrá al acusado a disposición de la Corte Suprema”. Mientras los magistrados de la Corte condenan a largas penas a los integrantes de las otras dos ramas del poder público, para ellos la Justicia es otra: ellos se autojuzgan.
Los magistrados de la Corte Suprema son supremos en todo el sentido de la palabra: investigan y juzgan en única instancia, sin rostro, condenan y sobre sus delitos ellos mismos deciden. El congreso les teme –y con mucha razón- y poco falta para que su persecución al Presidente rinda frutos. Los supremos acaban de iniciar investigación a todos los congresistas que votaron el referendo y condenan con dudosas pruebas en la ‘yidispolitica’ para llegar al Presidente.
La independencia de las ramas es inexistente: los jueces tienen en sus manos al Congreso y al Ejecutivo. Decía Monstesquieu. “El poder de juzgar, tan terrible en manos del hombre” debe configurarse de manera que “se tema la magistratura y no se tema a los magistrados”.
La Corte Suprema de Justicia no sólo juzga sino que investiga a los congresistas. Un oprobio en cualquier sistema jurídico. Las funciones instructivas difieren mucho de las de juzgamiento, las pruebas del periodo instructivo van dirigidas a descubrir el delito y para juzgar y condenar la plena prueba requiere estándares cuantitativa y cualitativamente superiores, exigencia que la Corte ha desconocido en las condenas contra congresistas.
Insiste la Corte en fallar en única instancia, lo que contradice los derechos del hombre, que reconocen como fundamental el derecho a un juicio con doble instancia. Este solo hecho ya vuelve nulos todos los procesos que ha seguido la Corte a los congresistas. Pero si ello no fuera suficiente, la Corte decidió prohibir los salvamentos de voto y eliminó de las providencias el nombre del magistrado ponente. Estos son elementos fundamentales del juez colegiado que garantizan la responsabilidad de los magistrados y la evolución de la jurisprudencia. Al mismo tiempo, un magistrado escondido dentro del grupo se asemeja mucho a los ‘jueces sin rostro’ que, junto con la única instancia, son practicas reprobadas por los estándares internacionales de administración de justicia.
La Constitución, además, consagró la impunidad de los magistrados de la Corte, pues estableció que ellos son sus propios jueces. El Artículo 174 dice que corresponde al Senado conocer de las acusaciones que contra los magistrados formule la Cámara de Representantes, pero el Artículo 175 dice que, en esos juicios, “si la acusación se refiere a delitos cometidos en ejercicio de funciones o a indignidad por mala conducta, el Senado no podrá imponer otra pena que la de destitución del empleo o la privación temporal o pérdida absoluta de los derechos políticos; pero al reo se le seguirá juicio criminal ante la Corte Suprema de Justicia” y “si la acusación se refiere a delitos comunes, el Senado se limitará a declarar si hay o no lugar a seguimiento de causa y, en caso afirmativo, pondrá al acusado a disposición de la Corte Suprema”. Mientras los magistrados de la Corte condenan a largas penas a los integrantes de las otras dos ramas del poder público, para ellos la Justicia es otra: ellos se autojuzgan.
Los magistrados de la Corte Suprema son supremos en todo el sentido de la palabra: investigan y juzgan en única instancia, sin rostro, condenan y sobre sus delitos ellos mismos deciden. El congreso les teme –y con mucha razón- y poco falta para que su persecución al Presidente rinda frutos. Los supremos acaban de iniciar investigación a todos los congresistas que votaron el referendo y condenan con dudosas pruebas en la ‘yidispolitica’ para llegar al Presidente.
La independencia de las ramas es inexistente: los jueces tienen en sus manos al Congreso y al Ejecutivo. Decía Monstesquieu. “El poder de juzgar, tan terrible en manos del hombre” debe configurarse de manera que “se tema la magistratura y no se tema a los magistrados”.
sábado, mayo 30, 2009
Valencia: 100 años
Los actos de conmemoración por el centenario del nacimiento de Guillermo León Valencia, en la ciudad de Popayán el pasado miércoles, han relievado la potencia de una personalidad que, como ninguna otra, encarnó las añoranzas de los colombianos y un férreo compromiso con la moral y la patria. Para iniciar el año Valencia se hicieron presentes en el Teatro Municipal el presidente Uribe, el ex presidente Betancur, la ministra de Comunicaciones María del Rosario Guerra, el ex designado Gustavo Balcázar, el contralor Julio César Turbay y otras personalidades cuya sola presencia ya honra la memoria del ex mandatario. También fue inaugurado un museo que exalta su memoria y emitida una estampilla conmemorativa con su efigie.
El ex presidente Betancur pronunció una pieza magistral: “La suavidad de la estructura, su cadencia sonora, la preciosidad con la que fue ensamblado el discurso podrían ocupar todo este escrito”. Valencia, en la palabras de Betancur, fue irrepetible. El presidente Uribe recobró las palabras de Valencia para referirse a él: “Manos firmes como el acero y puras como el oro”. Contó el Mandatario cómo sus ancestros, de origen liberal, habían votado por Valencia y, agradecidos por la paz, siempre dijeron “votamos por Valencia y votaríamos cuantas veces fuera necesario”. Subrayó de Valencia su carácter desprendido, ajeno al complejo de Pigmalión.
Valencia fue un Quijote: solitario, sencillo y con la lanza en ristre para luchar por el ideal. Su memoria se ha ido perdiendo en el tiempo, porque él nunca buscó honores, los honores lo acompañaron sin que él se embebiera jamás en sus perfumes. Fue un hombre de vigorosa inteligencia y recio carácter. Las puertas de su casa, de su oficina, de su vida y de su corazón siempre estuvieron abiertas. Su contacto con las realidades del pueblo colombiano fue directa y fundamental, a través de la cacería recorrió a pie, en compañía del campesinado, las zonas más apartadas de la geografía nacional y comprendió sus necesidades. Malcom Deas rememoró cómo en las recepciones de Palacio de San Carlos, durante su periodo, se mezclaban todos los colombianos sin distingos. Valencia amó a Colombia y ella lo amó de vuelta con emocionada vehemencia.
Valencia recibió el país con problemas económico serios y un déficit fiscal de enormes proporciones. Cuando se posesionó había declaradas catorce repúblicas independientes y se había vuelto costumbre que los campesinos fueran asesinados, torturados y tajados en ‘cortes franela o corbata’ por las guerrillas de entonces. Valencia fue férreo en su compromiso de no ceder ante la violencia, pues jamás la aceptó como vehículo político, lo que lo consagró como Presidente de la paz. Entre las conquistas de su gobierno vale resaltar el establecimiento de las drogas genéricas, la creación del Inem, el aumento de la cobertura de la educación en un 20%, la creación de la Junta Monetaria, más de 60.000 viviendas de interés social y el Plan Vallejo para aliviar la devaluación. Triplicó el presupuesto de la Universidad Nacional. Su reforma laboral fue vindicada por las centrales obreras como la mayor conquista laboral de todos los tiempos. Vale recordar que el día en que Valencia salió del Palacio de San Carlos, una manifestación gigantesca y agradecida –que superaba a la que le daba la bienvenida al nuevo Presidente- lo despedía en la puerta trasera del Palacio.
30 de mayo de 2009
El ex presidente Betancur pronunció una pieza magistral: “La suavidad de la estructura, su cadencia sonora, la preciosidad con la que fue ensamblado el discurso podrían ocupar todo este escrito”. Valencia, en la palabras de Betancur, fue irrepetible. El presidente Uribe recobró las palabras de Valencia para referirse a él: “Manos firmes como el acero y puras como el oro”. Contó el Mandatario cómo sus ancestros, de origen liberal, habían votado por Valencia y, agradecidos por la paz, siempre dijeron “votamos por Valencia y votaríamos cuantas veces fuera necesario”. Subrayó de Valencia su carácter desprendido, ajeno al complejo de Pigmalión.
Valencia fue un Quijote: solitario, sencillo y con la lanza en ristre para luchar por el ideal. Su memoria se ha ido perdiendo en el tiempo, porque él nunca buscó honores, los honores lo acompañaron sin que él se embebiera jamás en sus perfumes. Fue un hombre de vigorosa inteligencia y recio carácter. Las puertas de su casa, de su oficina, de su vida y de su corazón siempre estuvieron abiertas. Su contacto con las realidades del pueblo colombiano fue directa y fundamental, a través de la cacería recorrió a pie, en compañía del campesinado, las zonas más apartadas de la geografía nacional y comprendió sus necesidades. Malcom Deas rememoró cómo en las recepciones de Palacio de San Carlos, durante su periodo, se mezclaban todos los colombianos sin distingos. Valencia amó a Colombia y ella lo amó de vuelta con emocionada vehemencia.
Valencia recibió el país con problemas económico serios y un déficit fiscal de enormes proporciones. Cuando se posesionó había declaradas catorce repúblicas independientes y se había vuelto costumbre que los campesinos fueran asesinados, torturados y tajados en ‘cortes franela o corbata’ por las guerrillas de entonces. Valencia fue férreo en su compromiso de no ceder ante la violencia, pues jamás la aceptó como vehículo político, lo que lo consagró como Presidente de la paz. Entre las conquistas de su gobierno vale resaltar el establecimiento de las drogas genéricas, la creación del Inem, el aumento de la cobertura de la educación en un 20%, la creación de la Junta Monetaria, más de 60.000 viviendas de interés social y el Plan Vallejo para aliviar la devaluación. Triplicó el presupuesto de la Universidad Nacional. Su reforma laboral fue vindicada por las centrales obreras como la mayor conquista laboral de todos los tiempos. Vale recordar que el día en que Valencia salió del Palacio de San Carlos, una manifestación gigantesca y agradecida –que superaba a la que le daba la bienvenida al nuevo Presidente- lo despedía en la puerta trasera del Palacio.
30 de mayo de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/may302009/PRI
sábado, mayo 23, 2009
El referendo
Muchos compatriotas se han mostrado preocupados por los efectos del referendo. La cuestión que subyace al debate es la siguiente: la legitimidad de la Constitución proviene del pueblo, poder soberano en las democracias. Si ese poder desea modificar los sistemas o los diseños institucionales o si desea permitir la reelección, qué debe pesar más: ¿el poder el pueblo o ese diseño consagrado en la Constitución? Más aún, ¿si la Carta establece normas mediante las cuales es posible reformar su propio articulado, ha de tener límites lo que puede ser reformado?
El referendo no reelige a Uribe. El referendo consulta al pueblo sobre su deseo de modificar la Constitución, de manera que sea posible elegir, por un tercer período consecutivo, a cualquier presidente de nuestro país. No se trata, entonces, de perpetuar el poder, sino de una legítima deliberación puesta en manos de todos los colombianos, para que seamos nosotros quienes decidamos. La reelección de Uribe sólo será posible si él decide ir al debate electoral y derrota a los demás candidatos.
Así las cosas, la Corte Constitucional, al hacer su análisis sobre el asunto, deberá resolver si le es dado al intérprete limitar los temas sobre los cuales puede ser reformada la Constitución y sobre los límites de un poder que ésta misma ha denominado soberano.
Pero este es el menor de los problemas que enfrenta la aprobación del referendo. A las dificultades del trámite ahora se le suma el nombramiento de los congresistas encargados de la conciliación. Es evidente la falla del sistema. Ese nombramiento puede hacerse de manera que se excluya el sentir mayoritario de las cámaras, dejando sólo a los miembros de la oposición para propiciar un hundimiento del referendo poco democrático. Surge nuevamente la pregunta sobre el valor que ha de tener la participación democrática y los deseos de las mayorías.
Un grupo muy significativo de colombianos ha propuesto consultar al pueblo para que éste dictamine si se debe modificar la Constitución para que la segunda reelección sea posible. Nadie espera que la oposición se pliegue a la reelección, lo que sí sorprende es la reticencia para aprobar una consulta democrática sobre un tema que nos ocupa a todos. Una cosa son los argumentos contra el Gobierno y otra el diseño de las instituciones. Para profundizar sobre los que se refieren a la esencia misma del Estado, es necesario separar ambos debates y dar los argumentos teóricos que le permitan a la sociedad comprender las virtudes y defectos de la reforma.
La cuestión es quién debe decidir sobre si es beneficioso o no. ¿Sólo los expertos? ¿Los ex presidentes? ¿Los congresistas? Pues existiendo una propuesta que pretende darle al tema un debate democrático, con participación ciudadana, parece éste el mecanismo más idóneo.
Las declaraciones de Uribe sobre la inconveniencia de perpetuar al Presidente relievan la naturaleza compleja del debate. Hay muchos argumentos importantes sobre las dificultades de que un presidente pueda reelegirse dos veces, precisamente por eso resulta cada vez más apropiado que esta decisión provenga de la voluntad de las mayorías.
Quienes valoran la democracia y entienden la dificultad de tomar decisiones que nos afectan a todos han de encontrar en el referendo un aliado: la voz del pueblo delibera y asume sus propios dictámenes.
23 de mayo de 2009
El referendo no reelige a Uribe. El referendo consulta al pueblo sobre su deseo de modificar la Constitución, de manera que sea posible elegir, por un tercer período consecutivo, a cualquier presidente de nuestro país. No se trata, entonces, de perpetuar el poder, sino de una legítima deliberación puesta en manos de todos los colombianos, para que seamos nosotros quienes decidamos. La reelección de Uribe sólo será posible si él decide ir al debate electoral y derrota a los demás candidatos.
Así las cosas, la Corte Constitucional, al hacer su análisis sobre el asunto, deberá resolver si le es dado al intérprete limitar los temas sobre los cuales puede ser reformada la Constitución y sobre los límites de un poder que ésta misma ha denominado soberano.
Pero este es el menor de los problemas que enfrenta la aprobación del referendo. A las dificultades del trámite ahora se le suma el nombramiento de los congresistas encargados de la conciliación. Es evidente la falla del sistema. Ese nombramiento puede hacerse de manera que se excluya el sentir mayoritario de las cámaras, dejando sólo a los miembros de la oposición para propiciar un hundimiento del referendo poco democrático. Surge nuevamente la pregunta sobre el valor que ha de tener la participación democrática y los deseos de las mayorías.
Un grupo muy significativo de colombianos ha propuesto consultar al pueblo para que éste dictamine si se debe modificar la Constitución para que la segunda reelección sea posible. Nadie espera que la oposición se pliegue a la reelección, lo que sí sorprende es la reticencia para aprobar una consulta democrática sobre un tema que nos ocupa a todos. Una cosa son los argumentos contra el Gobierno y otra el diseño de las instituciones. Para profundizar sobre los que se refieren a la esencia misma del Estado, es necesario separar ambos debates y dar los argumentos teóricos que le permitan a la sociedad comprender las virtudes y defectos de la reforma.
La cuestión es quién debe decidir sobre si es beneficioso o no. ¿Sólo los expertos? ¿Los ex presidentes? ¿Los congresistas? Pues existiendo una propuesta que pretende darle al tema un debate democrático, con participación ciudadana, parece éste el mecanismo más idóneo.
Las declaraciones de Uribe sobre la inconveniencia de perpetuar al Presidente relievan la naturaleza compleja del debate. Hay muchos argumentos importantes sobre las dificultades de que un presidente pueda reelegirse dos veces, precisamente por eso resulta cada vez más apropiado que esta decisión provenga de la voluntad de las mayorías.
Quienes valoran la democracia y entienden la dificultad de tomar decisiones que nos afectan a todos han de encontrar en el referendo un aliado: la voz del pueblo delibera y asume sus propios dictámenes.
23 de mayo de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/may162009/PRI
sábado, mayo 16, 2009
El que peca y reza
El sistema penal acusatorio que se impuso en el país con la Constitución del 91 ha mostrado muchas deficiencias. El primer modelo, un híbrido del acusatorio, resultó un engendro donde los fiscales dictaban medidas de aseguramiento contra los acusados sin que mediara la decisión judicial. Se acuñó entonces el dicho: “Una orden de detención no se le niega a nadie”.
Solventada esa y otras cuestiones, ahora estamos frente a un sistema más puro, semejante al norteamericano, pero cuya aplicación criolla vulnera principios sistemáticos. Por una parte, la cadena de custodia, esto es la manera como se practican las pruebas y se conservan, es muy deficiente. La Fiscalía, los jueces y las cortes no la han interpretado con la seriedad que debieran. No hacerlo genera una grave desproporción frente a los sindicados y cabe recordar que el ciudadano acusado debe defenderse contra la fuerza del Estado encarnado en la Fiscalía. Para prevenir abusos y atropellos –que podrían ocurrir con facilidad- existen procedimientos precisos y rígidos para validar las pruebas. No todo lo que hay, se sabe o aparece se puede usar en un proceso; hay límites que defienden la situación de inferioridad del acusado frente al ente investigador.
La creciente tendencia de los delincuentes de llegar a acuerdos con la Fiscalía para reducir sus condenas o incluso para librarse de ellas es un asunto que merece una revisión. Se ha convertido en ‘buen negocio’ aceptar propuestas del ente investigador, pero ello puede tener efectos devastadores en la incipiente justicia nacional.
Cada vez son más los delincuentes que se animan a contar hechos de los que no hay otras pruebas más que sus palabras, con el incentivo perverso de que entre ‘más patos eche al agua’ mayores prebendas y beneficios recibirá. Es claro que los delincuentes –sentenciados por hechos más graves- no tienen reparos al mentir por su conveniencia, pero ello tampoco parece afectar la valoración que hacen fiscal y juez de tales testimonios.
Para muchos acusados inocentes resulta mejor aceptar las culpas sobre delitos que no cometieron, pues lo contrario es asumir un proceso -sobre el cual no se tiene certeza- que daría lugar a una detención preventiva, en muchos casos igual a la que resulta de la negociación. Lo más grave de estas ‘confesiones’ de mero testimonio impulsado por las ofertas tentadoras de la Fiscalía es que se asumen como ciertas. Más aun, se utilizan como prueba para vincular a otros ciudadanos. Es una cadena perniciosa: si yo mañana confieso que planeé y ejecuté un delito con usted, señor lector, me condenan e irán por usted, cuya defensa será imposible, pues media en su contra mi propia condena.
Más tropiezos: los colombianos confundimos la labor investigativa de la Fiscalía, enfocada en buscar la culpabilidad, con la tarea de juzgamiento del juez que ha de valorar el conglomerado probatorio para determinar si hay plena prueba. Las acusaciones de la Fiscalía son sólo eso, hipótesis. La presunción de inocencia es crucial: si existe una posibilidad pensable y creíble de que el acusado no cometió el delito, éste debe ser absuelto. El poder del Estado, superior al del sindicado, debe demostrar plenamente la culpabilidad, no sólo con indicios o suposiciones. La defensa consiste en mostrar un escenario que dé lugar a la duda razonable de su culpa, pues siempre será mejor tener un culpable libre que un inocente preso.
16 de mayo de 2009
Solventada esa y otras cuestiones, ahora estamos frente a un sistema más puro, semejante al norteamericano, pero cuya aplicación criolla vulnera principios sistemáticos. Por una parte, la cadena de custodia, esto es la manera como se practican las pruebas y se conservan, es muy deficiente. La Fiscalía, los jueces y las cortes no la han interpretado con la seriedad que debieran. No hacerlo genera una grave desproporción frente a los sindicados y cabe recordar que el ciudadano acusado debe defenderse contra la fuerza del Estado encarnado en la Fiscalía. Para prevenir abusos y atropellos –que podrían ocurrir con facilidad- existen procedimientos precisos y rígidos para validar las pruebas. No todo lo que hay, se sabe o aparece se puede usar en un proceso; hay límites que defienden la situación de inferioridad del acusado frente al ente investigador.
La creciente tendencia de los delincuentes de llegar a acuerdos con la Fiscalía para reducir sus condenas o incluso para librarse de ellas es un asunto que merece una revisión. Se ha convertido en ‘buen negocio’ aceptar propuestas del ente investigador, pero ello puede tener efectos devastadores en la incipiente justicia nacional.
Cada vez son más los delincuentes que se animan a contar hechos de los que no hay otras pruebas más que sus palabras, con el incentivo perverso de que entre ‘más patos eche al agua’ mayores prebendas y beneficios recibirá. Es claro que los delincuentes –sentenciados por hechos más graves- no tienen reparos al mentir por su conveniencia, pero ello tampoco parece afectar la valoración que hacen fiscal y juez de tales testimonios.
Para muchos acusados inocentes resulta mejor aceptar las culpas sobre delitos que no cometieron, pues lo contrario es asumir un proceso -sobre el cual no se tiene certeza- que daría lugar a una detención preventiva, en muchos casos igual a la que resulta de la negociación. Lo más grave de estas ‘confesiones’ de mero testimonio impulsado por las ofertas tentadoras de la Fiscalía es que se asumen como ciertas. Más aun, se utilizan como prueba para vincular a otros ciudadanos. Es una cadena perniciosa: si yo mañana confieso que planeé y ejecuté un delito con usted, señor lector, me condenan e irán por usted, cuya defensa será imposible, pues media en su contra mi propia condena.
Más tropiezos: los colombianos confundimos la labor investigativa de la Fiscalía, enfocada en buscar la culpabilidad, con la tarea de juzgamiento del juez que ha de valorar el conglomerado probatorio para determinar si hay plena prueba. Las acusaciones de la Fiscalía son sólo eso, hipótesis. La presunción de inocencia es crucial: si existe una posibilidad pensable y creíble de que el acusado no cometió el delito, éste debe ser absuelto. El poder del Estado, superior al del sindicado, debe demostrar plenamente la culpabilidad, no sólo con indicios o suposiciones. La defensa consiste en mostrar un escenario que dé lugar a la duda razonable de su culpa, pues siempre será mejor tener un culpable libre que un inocente preso.
16 de mayo de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/may092009/PRI
sábado, mayo 09, 2009
Comunidad europea
Catherine Ashton, comisaria europea de Comercio, al referirse a la negociación del TLC entre la Unión Europea, UE, y Colombia, dijo que están estudiando la situación de derechos humanos, pues hay "datos que nos preocupan".
A su turno, la presidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, Héléne Flautre, pidió que la UE fuera "más audaz y contundente" para defender los derechos humanos en Colombia, para lo cual debe "usar su influencia para conseguir cambios reales" en las políticas del Gobierno, refiriéndose a esa negociación comercial que adelanta nuestro país. Según ella, “la UE dispone de medios de influencia importantes que sería incoherente no utilizar".
Se trata nada menos de una nueva y atosigante actitud que los gobernantes de los países desarrollados han adoptado frente a los que están en vía de desarrollo. En su grandeza se ven avalados para utilizar una negociación eminentemente comercial para sugerir que las violaciones de derechos humanos persisten en Colombia por falta de voluntad del Gobierno y de los ciudadanos. Una actitud ingenua, pero, sobre todo, paternalista e irrespetuosa.
El motor del conflicto armado en Colombia, responsable del crecimiento exponencial de las guerrillas y las mafias, es el narcotráfico. Negocio que se financia del ‘respetable’ consumo que hacen estadounidenses y europeos. Pero no siendo esto suficiente, son esos mismos ‘respetables’ consumidores los que exigen cada vez más fuerza en la lucha contra la droga. Más aún, critican como insuficientes los esfuerzos, siempre crecientes en términos de recursos, violencia y afectación a la población civil, a los que nos sometemos los colombianos para evitar que el polvo maldito llegue a sus ‘respetables’ consumidores.
La consecuencia lógica -no por ello justificable- es que la violación de los derechos humanos en Colombia es creciente. Los enfrentamientos contra las mafias son un factor de desestabilización institucional, aquí y en cualquier lugar del mundo (EE.UU., en la época de Capone, Italia y México). Las guerras tienen esa triste característica: le cuestan a la sociedad vidas y derechos. Los ‘respetables’ lo tienen bien sabido -dos guerras-, pero ahora ya no se acuerdan.
¿Qué puede hacer Colombia para erradicar la violación de los derechos humanos?
Es una pregunta muy seria y difícil. Si hubiera una solución simple, ya se habría implementado, aquí y en todos los países. Pero los ‘respetables’ quieren aprovechar un acuerdo comercial para darnos ‘consejos’. Si los europeos han descubierto la fórmula para evitar la violación de derechos humanos, son irresponsables al esperar una negociación comercial para revelarla.
No la tienen porque no la hay. Se trata de humillar a las naciones menos ricas, pretendiendo una superioridad moral que no tienen. Se trata de vituperar a los líderes tercermundistas haciéndoles sentir que es falta de esfuerzo o de compromiso con sus naciones que prevalezcan los problemas. Se trata de humillar las democracias inestables, para que nos sintamos todos incapaces y agradecidos.
Este nuevo estilo de colonialismo es inaceptable. Es bien sabido que ellos negocian esos TLC usando sus mejores armas para sacar los mayores provechos, sin consideración sobre el bienestar de los otros países. Y eso está bien, no lo critico. Lo que es ridículo es la pretensión hipócrita de que algo más que los euros les importa.
9 de mayo de 2009
A su turno, la presidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, Héléne Flautre, pidió que la UE fuera "más audaz y contundente" para defender los derechos humanos en Colombia, para lo cual debe "usar su influencia para conseguir cambios reales" en las políticas del Gobierno, refiriéndose a esa negociación comercial que adelanta nuestro país. Según ella, “la UE dispone de medios de influencia importantes que sería incoherente no utilizar".
Se trata nada menos de una nueva y atosigante actitud que los gobernantes de los países desarrollados han adoptado frente a los que están en vía de desarrollo. En su grandeza se ven avalados para utilizar una negociación eminentemente comercial para sugerir que las violaciones de derechos humanos persisten en Colombia por falta de voluntad del Gobierno y de los ciudadanos. Una actitud ingenua, pero, sobre todo, paternalista e irrespetuosa.
El motor del conflicto armado en Colombia, responsable del crecimiento exponencial de las guerrillas y las mafias, es el narcotráfico. Negocio que se financia del ‘respetable’ consumo que hacen estadounidenses y europeos. Pero no siendo esto suficiente, son esos mismos ‘respetables’ consumidores los que exigen cada vez más fuerza en la lucha contra la droga. Más aún, critican como insuficientes los esfuerzos, siempre crecientes en términos de recursos, violencia y afectación a la población civil, a los que nos sometemos los colombianos para evitar que el polvo maldito llegue a sus ‘respetables’ consumidores.
La consecuencia lógica -no por ello justificable- es que la violación de los derechos humanos en Colombia es creciente. Los enfrentamientos contra las mafias son un factor de desestabilización institucional, aquí y en cualquier lugar del mundo (EE.UU., en la época de Capone, Italia y México). Las guerras tienen esa triste característica: le cuestan a la sociedad vidas y derechos. Los ‘respetables’ lo tienen bien sabido -dos guerras-, pero ahora ya no se acuerdan.
¿Qué puede hacer Colombia para erradicar la violación de los derechos humanos?
Es una pregunta muy seria y difícil. Si hubiera una solución simple, ya se habría implementado, aquí y en todos los países. Pero los ‘respetables’ quieren aprovechar un acuerdo comercial para darnos ‘consejos’. Si los europeos han descubierto la fórmula para evitar la violación de derechos humanos, son irresponsables al esperar una negociación comercial para revelarla.
No la tienen porque no la hay. Se trata de humillar a las naciones menos ricas, pretendiendo una superioridad moral que no tienen. Se trata de vituperar a los líderes tercermundistas haciéndoles sentir que es falta de esfuerzo o de compromiso con sus naciones que prevalezcan los problemas. Se trata de humillar las democracias inestables, para que nos sintamos todos incapaces y agradecidos.
Este nuevo estilo de colonialismo es inaceptable. Es bien sabido que ellos negocian esos TLC usando sus mejores armas para sacar los mayores provechos, sin consideración sobre el bienestar de los otros países. Y eso está bien, no lo critico. Lo que es ridículo es la pretensión hipócrita de que algo más que los euros les importa.
9 de mayo de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/may092009/PRI
domingo, mayo 03, 2009
Valencia y Cali
Mayo 02 de 2009
El pasado 27 de abril celebramos el centenario del nacimiento de Guillermo León Valencia, quien no sólo fue el ‘Presidente de la paz’ sino, sobre todo, el gran promotor de la democracia. Los vínculos de Cali con Valencia son profundos, pero esa unión tuvo su cénit en los episodios del 10 de mayo, que fueron el epílogo para la caída del general Rojas Pinilla.
Cuando el general Rojas mostró sus intensiones de permanecer en el poder más allá del periodo para el que había sido elegido, las fuerzas de la Nación se conjugaron y escogieron de entre su prole dos hombres para enfrentar la debacle: Lleras y Valencia. El primer acto de unión nacional entre los partidos se dio durante 1956. La Universidad del Cauca le confirió el grado Honoris Causa a Valencia y el ex presidente Lleras, director único del Partido Liberal, estuvo en el evento. Valencia, con su poderosa oratoria, entonó un discurso sobre la necesidad del estado de derecho y la defensa de la libertad, la democracia y los partidos políticos, reclamando el derecho del pueblo a elegir libremente al Presidente de la República.
El general Rojas mantenía su cargo bajó la justificación de que, durante el ejercicio de su mandato, la violencia política había cedido, lo que era cierto. El pacto del 20 de marzo de 1957, el Manifiesto Conjunto de los Partidos determinó el nuevo rumbo de la política colombiana, basado en la concordia y el entendimiento. Este era el contexto que dio lugar al Frente Nacional: la voluntad de cambio.
Pero esas palabras debían pasar a hechos concretos. El 8 de abril de 1957 los partidos escogieron a Valencia como candidato nacional para el periodo 1958-1962. Valencia era el líder más prestigioso del conservatismo y tenía las puertas liberales abiertas, porque sus gestas políticas jamás fueron sectarias. Con ese nombre y ese proyecto, desde todos los sectores se exigió al Gobierno que devolviera a los colombianos el derecho de elegir democráticamente a su presidente.
Valencia, con su verbo en la tribuna y un estilógrafo en su mano, recorrió el país agitando el sentir democrático de la Nación y desafiando la opresión del Gobierno. Su palabra vivificadora y su valor a ultranza se derramaron con presteza sobre el país y la movilización popular fue incontenible. Por supuesto, esto no cayó bien en el Gobierno. El 29 de abril de 1957 Valencia fue detenido en Cali por el servicio de inteligencia. Había sostenido varias reuniones: en el Club Colombia y en la Hacienda Menga, de Harold Eder, donde pronunció discursos contra el Gobierno que sacudieron a la ciudadanía y enardecieron los ánimos. Cuando el Gobierno intentó impedir que llegara a Bogotá y lo ‘invitó’ a regresar a Popayán, Valencia fue irreducible y dijo que sólo regresaría muerto.
Este fue el detonante de la caída de Rojas. Cali se indignó: una ola de protestas de profesores, estudiantes, medios de comunicación, industria y clubes se extendió por la ciudad y luego por el país, hasta convertirse en el paro cívico nacional del 6 de mayo. El 3 de mayo, entre una multitud que lo acompañó al aeropuerto cantando el Himno Nacional y agitando pañuelos, Valencia salió de Cali hacia Bogotá.
El próximo 27 de mayo el presidente Uribe se hará presente en Popayán para rendir homenaje a este gran patriota. Los caleños y los colombianos podremos rememorar los esfuerzos que han sido necesarios para mantener la democracia y la libertad.
El pasado 27 de abril celebramos el centenario del nacimiento de Guillermo León Valencia, quien no sólo fue el ‘Presidente de la paz’ sino, sobre todo, el gran promotor de la democracia. Los vínculos de Cali con Valencia son profundos, pero esa unión tuvo su cénit en los episodios del 10 de mayo, que fueron el epílogo para la caída del general Rojas Pinilla.
Cuando el general Rojas mostró sus intensiones de permanecer en el poder más allá del periodo para el que había sido elegido, las fuerzas de la Nación se conjugaron y escogieron de entre su prole dos hombres para enfrentar la debacle: Lleras y Valencia. El primer acto de unión nacional entre los partidos se dio durante 1956. La Universidad del Cauca le confirió el grado Honoris Causa a Valencia y el ex presidente Lleras, director único del Partido Liberal, estuvo en el evento. Valencia, con su poderosa oratoria, entonó un discurso sobre la necesidad del estado de derecho y la defensa de la libertad, la democracia y los partidos políticos, reclamando el derecho del pueblo a elegir libremente al Presidente de la República.
El general Rojas mantenía su cargo bajó la justificación de que, durante el ejercicio de su mandato, la violencia política había cedido, lo que era cierto. El pacto del 20 de marzo de 1957, el Manifiesto Conjunto de los Partidos determinó el nuevo rumbo de la política colombiana, basado en la concordia y el entendimiento. Este era el contexto que dio lugar al Frente Nacional: la voluntad de cambio.
Pero esas palabras debían pasar a hechos concretos. El 8 de abril de 1957 los partidos escogieron a Valencia como candidato nacional para el periodo 1958-1962. Valencia era el líder más prestigioso del conservatismo y tenía las puertas liberales abiertas, porque sus gestas políticas jamás fueron sectarias. Con ese nombre y ese proyecto, desde todos los sectores se exigió al Gobierno que devolviera a los colombianos el derecho de elegir democráticamente a su presidente.
Valencia, con su verbo en la tribuna y un estilógrafo en su mano, recorrió el país agitando el sentir democrático de la Nación y desafiando la opresión del Gobierno. Su palabra vivificadora y su valor a ultranza se derramaron con presteza sobre el país y la movilización popular fue incontenible. Por supuesto, esto no cayó bien en el Gobierno. El 29 de abril de 1957 Valencia fue detenido en Cali por el servicio de inteligencia. Había sostenido varias reuniones: en el Club Colombia y en la Hacienda Menga, de Harold Eder, donde pronunció discursos contra el Gobierno que sacudieron a la ciudadanía y enardecieron los ánimos. Cuando el Gobierno intentó impedir que llegara a Bogotá y lo ‘invitó’ a regresar a Popayán, Valencia fue irreducible y dijo que sólo regresaría muerto.
Este fue el detonante de la caída de Rojas. Cali se indignó: una ola de protestas de profesores, estudiantes, medios de comunicación, industria y clubes se extendió por la ciudad y luego por el país, hasta convertirse en el paro cívico nacional del 6 de mayo. El 3 de mayo, entre una multitud que lo acompañó al aeropuerto cantando el Himno Nacional y agitando pañuelos, Valencia salió de Cali hacia Bogotá.
El próximo 27 de mayo el presidente Uribe se hará presente en Popayán para rendir homenaje a este gran patriota. Los caleños y los colombianos podremos rememorar los esfuerzos que han sido necesarios para mantener la democracia y la libertad.
sábado, abril 25, 2009
¿Democracia venezolana?
¿Democracia venezolana?
Abril 25 de 2009
Por Paloma Valencia-laserna
La intolerancia chavista frente a la oposición está adquiriendo unos matices tenebrosos. Se trata de una carrera frenética para reprimir cualquier tipo de discrepancia, alguna crítica o una voz distinta. Los hechos que revelan esta tendencia son terribles: si un venezolano firmó el referendo revocatorio, o cometió cualquier acto en contra, está condenado. Por esa firma no tiene derecho a trabajar con el Estado, está excluido de cualquier subsidio, de las becas estudiantiles –todas con carácter político- y prácticamente no puede acceder a los servicios estatales. Cosas elementales como la obtención de un pasaporte se han vuelto privilegio de los oficialistas. El país no tiene recursos o interés en la emisión de ese documento, de manera que se refrendan pasaportes vencidos con el pretexto de que se acabó el papel de seguridad; pero si se es de la oposición ni eso.
Como medio para presionar a las autoridades locales de oposición, la Asamblea Nacional reformó la Ley de Descentralización, de manera que el Gobierno puede ‘revertir’ por razones de ‘interés público’ los poderes que la Constitución de 1999 le otorga a los gobernadores. Así mismo, la Asamblea reformó la Ley de Puertos y Aeropuertos y, mediante decreto, pasaron a manos del Gobierno central todas las instalaciones de ese tipo que estaban bajo la tutela de las gobernaciones. Se trata de la supresión de sus principales fuentes de financiamiento, que ponen de rodillas a las autoridades regionales frente al Gobierno central. Vale la pena recordar que Venezuela es un régimen federal. La oposición reaccionó, pues considera que tales reformas son inconstitucionales. El Estado Zulia solicitó la convocatoria a un referendo, pero fue declarado ilegal por el Consejo Electoral sin mucho eco.
Pero los escándalos contra la oposición aumentan hasta el caso de Manuel Rosales. Se trata de la figura más importante de la oposición venezolana, ha sido dos veces gobernador de Zulia y había sido elegido como alcalde de Maracaibo. Fue también candidato a la Presidencia en el 2006. Está refugiado en el Perú porque, mediante una investigación muy sospechosa, se le acusa de corrupción. El caso que se abre y se cierra, según la conveniencia del régimen, le imputa que no pagó impuestos sobre $55 millones, que presuntamente no aparecen justificados en su patrimonio.
Rosales, que ha pedido asilo político en el vecino país, ha denunciado que la sentencia condenatoria existía aun antes de que se presentara a rendir su testimonio y que huyó para evitar su muerte, pues los planes del régimen incluían colocarlo en una cárcel donde seguramente sería asesinado.
Venezuela pidió a la Interpol su detención.
No es aceptable que en una democracia la oposición sea perseguida y tenga que huir incluso de la Justicia. La crítica enriquece, hace mejorar y exige de los gobernantes. Sin la oposición, no importa que se ganen las elecciones, no hay democracia. Alan García, presidente del Perú, tiene en sus manos la oportunidad de proteger a Rosales y de alzar una solitaria, pero firme voz contra la eliminación de la democracia en Venezuela.
El resto del continente permanecerá callado… cada uno con sus razones. Colombia no dirá nada; Venezuela es nuestro segundo socio comercial.
¿Cuánto vale ver cómo en el hermano país desfallecen las instituciones democráticas que juntos conquistamos con lucha, con valor y con principios?
Abril 25 de 2009
Por Paloma Valencia-laserna
La intolerancia chavista frente a la oposición está adquiriendo unos matices tenebrosos. Se trata de una carrera frenética para reprimir cualquier tipo de discrepancia, alguna crítica o una voz distinta. Los hechos que revelan esta tendencia son terribles: si un venezolano firmó el referendo revocatorio, o cometió cualquier acto en contra, está condenado. Por esa firma no tiene derecho a trabajar con el Estado, está excluido de cualquier subsidio, de las becas estudiantiles –todas con carácter político- y prácticamente no puede acceder a los servicios estatales. Cosas elementales como la obtención de un pasaporte se han vuelto privilegio de los oficialistas. El país no tiene recursos o interés en la emisión de ese documento, de manera que se refrendan pasaportes vencidos con el pretexto de que se acabó el papel de seguridad; pero si se es de la oposición ni eso.
Como medio para presionar a las autoridades locales de oposición, la Asamblea Nacional reformó la Ley de Descentralización, de manera que el Gobierno puede ‘revertir’ por razones de ‘interés público’ los poderes que la Constitución de 1999 le otorga a los gobernadores. Así mismo, la Asamblea reformó la Ley de Puertos y Aeropuertos y, mediante decreto, pasaron a manos del Gobierno central todas las instalaciones de ese tipo que estaban bajo la tutela de las gobernaciones. Se trata de la supresión de sus principales fuentes de financiamiento, que ponen de rodillas a las autoridades regionales frente al Gobierno central. Vale la pena recordar que Venezuela es un régimen federal. La oposición reaccionó, pues considera que tales reformas son inconstitucionales. El Estado Zulia solicitó la convocatoria a un referendo, pero fue declarado ilegal por el Consejo Electoral sin mucho eco.
Pero los escándalos contra la oposición aumentan hasta el caso de Manuel Rosales. Se trata de la figura más importante de la oposición venezolana, ha sido dos veces gobernador de Zulia y había sido elegido como alcalde de Maracaibo. Fue también candidato a la Presidencia en el 2006. Está refugiado en el Perú porque, mediante una investigación muy sospechosa, se le acusa de corrupción. El caso que se abre y se cierra, según la conveniencia del régimen, le imputa que no pagó impuestos sobre $55 millones, que presuntamente no aparecen justificados en su patrimonio.
Rosales, que ha pedido asilo político en el vecino país, ha denunciado que la sentencia condenatoria existía aun antes de que se presentara a rendir su testimonio y que huyó para evitar su muerte, pues los planes del régimen incluían colocarlo en una cárcel donde seguramente sería asesinado.
Venezuela pidió a la Interpol su detención.
No es aceptable que en una democracia la oposición sea perseguida y tenga que huir incluso de la Justicia. La crítica enriquece, hace mejorar y exige de los gobernantes. Sin la oposición, no importa que se ganen las elecciones, no hay democracia. Alan García, presidente del Perú, tiene en sus manos la oportunidad de proteger a Rosales y de alzar una solitaria, pero firme voz contra la eliminación de la democracia en Venezuela.
El resto del continente permanecerá callado… cada uno con sus razones. Colombia no dirá nada; Venezuela es nuestro segundo socio comercial.
¿Cuánto vale ver cómo en el hermano país desfallecen las instituciones democráticas que juntos conquistamos con lucha, con valor y con principios?
¿Instituciones o Uribe?
La conveniencia de la reelección del presidente Uribe es un debate de hondas repercusiones para el país. Se trata de un mandatario que, según la encuesta del Consorcio Iberoamericano, es el segundo en popularidad en América, pues tiene una aceptación del 74%, antecedido sólo por Obama con el 85%. Ahora bien, no sólo la popularidad debe considerarse en este debate. Los detractores de la reelección la critican porque encuentran que la manera de gobernar del Presidente desdibuja y hasta destruye las instituciones colombianas. Sobre la relación de Uribe con las instituciones hay, al menos, tres impactos susceptibles de una interpretación negativa o positiva:
Para unos, buscar la reelección a través de una reforma constitucional es perpetuar ‘mandatos personalistas’ y lesiona las instituciones. Se trata, pues, de la imposición del querer de un mandatario por encima de las estructuras legales y constitucionales. Para otros, en cambio, buscar la reelección, aun con modificaciones legales, no es un cambio de reglas, pues las normas lo permiten. Una fracción importante de la población firmó un proyecto mediante el cual pretende que el Congreso consulte a la totalidad de colombianos, en un referendo, si desean o no una tercera reelección. Se trata de un mecanismo legal, institucionalmente establecido. La solidez de la letra escrita hace necesario constantes actualizaciones de las normas a los movimientos sociales, por eso la Constitución permite su reforma. Utilizar esos mecanismos no puede considerarse un irrespeto a las instituciones o la Carta. Se trata, precisamente, de utilizar normas que existen para enfrentar coyunturas que así lo exijan.
Las instituciones colombianas no están diseñadas para la reelección. Así que un presidente reelecto tiene facultades para elegir, designar y participar en la selección de otros funcionarios con tareas cruciales: Fiscal, magistrados, miembros del Banco de la República, etc. Eso, para muchos, es un desequilibrio que rompe la separación de poderes y el sistema de frenos y contrapesos. Los periodos estaban diseñados para que el Presidente sólo tuviera intervención en un número limitado de estos casos. Con la reelección, él puede lograr una homogeneidad en esas selecciones y penetrar muchos segmentos del Estado con sus candidatos. Otros piensan que la mediación en la escogencia de estos funcionarios no es nefasta. Si bien el Presidente tiene participación en la elección, no es definitiva. Además, existe un mecanismo natural que previene la unidad total: cuando una persona accede a un cargo de poder se convence de su importancia y desconoce cualquier padrino político. Ya tiene asegurado el cargo y pretende lucirse en su ejercicio.
Los consejos comunitarios le parecen a unos la manera de desbaratar la distribución de tareas de las instituciones. Las pone en peligro y concentra demasiado poder en el Ejecutivo. Es un retorno al centralismo y al paternalismo. Para los otros, Uribe, mediante un proceso directo, se ha encargado de atender aquellos asuntos prioritarios. Descubrir que el Estado colombiano es capaz de hacer algo es mucho más importante que proteger instituciones con funciones formales -bien redactadas en la ley- que nunca llegan a la realidad. En los consejos comunitarios las autoridades locales han obtenido la legitimidad e importancia necesaria para consolidar la descentralización.
Diario El País -Cali 18 de abril de 2009
Para unos, buscar la reelección a través de una reforma constitucional es perpetuar ‘mandatos personalistas’ y lesiona las instituciones. Se trata, pues, de la imposición del querer de un mandatario por encima de las estructuras legales y constitucionales. Para otros, en cambio, buscar la reelección, aun con modificaciones legales, no es un cambio de reglas, pues las normas lo permiten. Una fracción importante de la población firmó un proyecto mediante el cual pretende que el Congreso consulte a la totalidad de colombianos, en un referendo, si desean o no una tercera reelección. Se trata de un mecanismo legal, institucionalmente establecido. La solidez de la letra escrita hace necesario constantes actualizaciones de las normas a los movimientos sociales, por eso la Constitución permite su reforma. Utilizar esos mecanismos no puede considerarse un irrespeto a las instituciones o la Carta. Se trata, precisamente, de utilizar normas que existen para enfrentar coyunturas que así lo exijan.
Las instituciones colombianas no están diseñadas para la reelección. Así que un presidente reelecto tiene facultades para elegir, designar y participar en la selección de otros funcionarios con tareas cruciales: Fiscal, magistrados, miembros del Banco de la República, etc. Eso, para muchos, es un desequilibrio que rompe la separación de poderes y el sistema de frenos y contrapesos. Los periodos estaban diseñados para que el Presidente sólo tuviera intervención en un número limitado de estos casos. Con la reelección, él puede lograr una homogeneidad en esas selecciones y penetrar muchos segmentos del Estado con sus candidatos. Otros piensan que la mediación en la escogencia de estos funcionarios no es nefasta. Si bien el Presidente tiene participación en la elección, no es definitiva. Además, existe un mecanismo natural que previene la unidad total: cuando una persona accede a un cargo de poder se convence de su importancia y desconoce cualquier padrino político. Ya tiene asegurado el cargo y pretende lucirse en su ejercicio.
Los consejos comunitarios le parecen a unos la manera de desbaratar la distribución de tareas de las instituciones. Las pone en peligro y concentra demasiado poder en el Ejecutivo. Es un retorno al centralismo y al paternalismo. Para los otros, Uribe, mediante un proceso directo, se ha encargado de atender aquellos asuntos prioritarios. Descubrir que el Estado colombiano es capaz de hacer algo es mucho más importante que proteger instituciones con funciones formales -bien redactadas en la ley- que nunca llegan a la realidad. En los consejos comunitarios las autoridades locales han obtenido la legitimidad e importancia necesaria para consolidar la descentralización.
Diario El País -Cali 18 de abril de 2009
sábado, abril 18, 2009
La Semana Santa
Cada episodio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo encarna dilemas frente a los cuales todos, alguna vez, nos encontramos; por ello, el examen de estos pasajes ha de suscitarnos hondas reflexiones sobre nosotros mismos y nuestra sociedad. La conmemoración de la Semana Santa debe causar una inflexión, al menos, en el llano de nuestra existencia.
Pilatos, resguardado en la neutralidad de la autoridad, realiza el acto simbólico de lavarse las manos frente a la injusticia. Evidencia esa escena bíblica una de las más grandes verdades: quien no se opone a la injusticia hace parte de ella. La injusticia que toleramos nos hace su cómplice. Lo injusto tiene, pues, el poder de pervertir a quien es su testigo. Aquel romano lo encontramos ahora en todo aquel que reconoce la injusticia pero es indiferente a ella.
Levantarse contra lo que no es justo no es nunca fácil; Pedro, el discípulo de Jesús, lo negó tres veces. Pedro era un hombre santo, mejor que nosotros, y fue débil y temeroso. Aun amando a Jesús -sobre todas las cosas- sintió miedo de padecer el mismo destino que le parecía injusto. Por supuesto, somos todos mucho más propensos que él a sentirnos impotentes frente a la masa que ciega, furiosa y exaltada presiente saber la verdad y ejecutar lo correcto.
Disentir no es fácil, pues por nuestra calidad de seres gregarios tenemos respeto por las decisiones de la mayoría. Más aún, cuando la masa ha condenado a alguien es poco probable que se detenga, que cambie, que reconsidere -por lo menos eso le parece a quien solitario y aislado la observa-. La flaqueza psicológica consiste en sentir que al ponernos del lado de la víctima sufriremos, inevitablemente, su mismo destino. Defender a aquel que la masa ha condenado puede condenarnos también. Los juicios sociales son como una máquina imparable que se aproxima demoledora sobre su víctima; saltar frente a ella, oponérsele, parece riesgoso e inútil.
Las sociedades encolerizadas y decididas a castigar son amedrentadoras y la víctima se vislumbra como imposible de rescatar. Erguirse contra los atropellos en defensa de quien injustamente es tiranizado parece exigir la vocación del mártir. ¿Quién en nuestro país es capaz de defender a aquel que le parece que está siendo injustamente tratado? ¿Quién se atreve, por ejemplo, a defender a quien ha sido sindicado de un delito, aunque considere que no es culpable? ¿Quién que alegue por la defensa de las formas procesales de los sindicados por paramilitarismo no es tildado de ‘paracomilitar’? ¿o del mismo modo e guerrillero o mafioso?
La lección más poderosa es la de Jesús: agónico nos perdona. El perdón en ese momento de intenso dolor se exalta como el acto divino por excelencia. El perdón que unge la tierra con la mirada compasiva del Creador, que comprende la estrechez de nuestra mente, la mezquindad de nuestro corazón, el miedo a la muerte y la necesidad de mantener la mirada de los otros sosegada sobre nuestro hombro. No seremos capaces de semejante acto, seguramente, pero podemos recordar que tenemos esas flaquezas humanas. Cuando nos cubrimos los ojos con el manto de que ‘somos buenos’ dejamos de revisar nuestra conciencia y desfilan, entonces, justificados y muy tranquilos nuestros actos. En cambio, si tenemos presente nuestra condición falible estamos atentos a juzgarnos. Sólo aceptando que somos capaces de hacer el mal y que lo hacemos podremos reconocerlo en nuestras acciones.
11 de abril de 2008
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/abr112009/PRI
Pilatos, resguardado en la neutralidad de la autoridad, realiza el acto simbólico de lavarse las manos frente a la injusticia. Evidencia esa escena bíblica una de las más grandes verdades: quien no se opone a la injusticia hace parte de ella. La injusticia que toleramos nos hace su cómplice. Lo injusto tiene, pues, el poder de pervertir a quien es su testigo. Aquel romano lo encontramos ahora en todo aquel que reconoce la injusticia pero es indiferente a ella.
Levantarse contra lo que no es justo no es nunca fácil; Pedro, el discípulo de Jesús, lo negó tres veces. Pedro era un hombre santo, mejor que nosotros, y fue débil y temeroso. Aun amando a Jesús -sobre todas las cosas- sintió miedo de padecer el mismo destino que le parecía injusto. Por supuesto, somos todos mucho más propensos que él a sentirnos impotentes frente a la masa que ciega, furiosa y exaltada presiente saber la verdad y ejecutar lo correcto.
Disentir no es fácil, pues por nuestra calidad de seres gregarios tenemos respeto por las decisiones de la mayoría. Más aún, cuando la masa ha condenado a alguien es poco probable que se detenga, que cambie, que reconsidere -por lo menos eso le parece a quien solitario y aislado la observa-. La flaqueza psicológica consiste en sentir que al ponernos del lado de la víctima sufriremos, inevitablemente, su mismo destino. Defender a aquel que la masa ha condenado puede condenarnos también. Los juicios sociales son como una máquina imparable que se aproxima demoledora sobre su víctima; saltar frente a ella, oponérsele, parece riesgoso e inútil.
Las sociedades encolerizadas y decididas a castigar son amedrentadoras y la víctima se vislumbra como imposible de rescatar. Erguirse contra los atropellos en defensa de quien injustamente es tiranizado parece exigir la vocación del mártir. ¿Quién en nuestro país es capaz de defender a aquel que le parece que está siendo injustamente tratado? ¿Quién se atreve, por ejemplo, a defender a quien ha sido sindicado de un delito, aunque considere que no es culpable? ¿Quién que alegue por la defensa de las formas procesales de los sindicados por paramilitarismo no es tildado de ‘paracomilitar’? ¿o del mismo modo e guerrillero o mafioso?
La lección más poderosa es la de Jesús: agónico nos perdona. El perdón en ese momento de intenso dolor se exalta como el acto divino por excelencia. El perdón que unge la tierra con la mirada compasiva del Creador, que comprende la estrechez de nuestra mente, la mezquindad de nuestro corazón, el miedo a la muerte y la necesidad de mantener la mirada de los otros sosegada sobre nuestro hombro. No seremos capaces de semejante acto, seguramente, pero podemos recordar que tenemos esas flaquezas humanas. Cuando nos cubrimos los ojos con el manto de que ‘somos buenos’ dejamos de revisar nuestra conciencia y desfilan, entonces, justificados y muy tranquilos nuestros actos. En cambio, si tenemos presente nuestra condición falible estamos atentos a juzgarnos. Sólo aceptando que somos capaces de hacer el mal y que lo hacemos podremos reconocerlo en nuestras acciones.
11 de abril de 2008
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/abr112009/PRI
sábado, abril 04, 2009
La U y la izquierda
Con la llegada del ex comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo al Partido de la U se hizo una declaración muy extraña, en el sentido de que ese partido buscará alianzas con la izquierda. Si el mismo presidente Uribe no hubiera descartado categóricamente un diálogo con la guerrilla, esa hubiera sido mi primera y sorprendida impresión. Sin esa opción, el comentario parecería sugerir la vinculación de nuevas corrientes ideológicas al partido, con la intención presunta de romper con la polarización.
La sapiencia de muchos colombianos señala que la polarización no es deseable, más aún, que debería ser evitada. No estoy de acuerdo. La polarización, cuando es política, es útil y apetecible.
El país ha logrado superar esa vaguedad conceptual que dominaba el escenario de los partidos hace no muchos años, donde la única diferencia entre ellos era los nombres de los candidatos. Hacer parte de una colectividad o de otra no ofrecía discrepancias. No sorprende que hayamos tenido más de 70 partidos; todos representaban los intereses personales de un político que no tenía posición, pues lo natural era acomodarse por una cuota burocrática con el gobierno de turno. ¡Era un país de grandes acuerdos nacionales!
Una de las virtudes del gobierno Uribe fue, precisamente, haber logrado establecer claridad en la política. El ejercicio de oposición de manera coherente, como lo ha hecho el Polo, aunado a la posición racional del Gobierno, ha servido para que las posiciones políticas de ambos segmentos se clarifiquen y que las diferencias partidistas encuentren un sentido en la realidad.
Así, cada grupo político ha tenido que definir de manera precisa una posición sobre los grandes asuntos que ocupan al país: la manera como se pretende resolver el conflicto armado, el intercambio humanitario, las relaciones con la comunidad internacional… La dinámica partidista en una democracia requiere ese enfrentamiento ideológico, para que los electores puedan votar conociendo las implicaciones de su elección.
Muchas de las posiciones políticas de un partido surgen de que el otro ha tomado la posición contraria. La impopularidad de una posición se vuelve oportunidad para el partido que ostenta la tesis inversa. La oposición política es manera eficiente de aspirar al poder: el fracaso del partido de Gobierno convierte -ante la opinión- a la oposición en la alternativa más deseable.
No se trata, por supuesto, de que no existan acuerdos nacionales sobre lo fundamental; esos acuerdos existen y deben persistir. Pero no se puede ceder al afán propio de las carreras políticas y de buscar el mayor número de votantes en detrimento de la ideología. Las posturas políticas deben ser un delicado equilibrio: lo suficientemente amplias para incluir y atraer tantos electores como pueda, pero lo definidas para crear una diferencia frente a los otros grupos políticos.
Por ello, esa declaración en el seno del Partido de la U resulta inexplicable y, sobre todo, equivocada políticamente. No es deseable una democracia de unidad política: sin la oposición se acaba la crítica, se pierde el juego ideológico y, más aún, los partidos se vuelven unas asociaciones para la negociación burocrática. El debate político es sano, promueve la reflexión y le da dinamismo y peso a cada decisión.
La polarización es orientación, congruencia, diferenciación y discusión; sin eso no hay verdadera política.
La sapiencia de muchos colombianos señala que la polarización no es deseable, más aún, que debería ser evitada. No estoy de acuerdo. La polarización, cuando es política, es útil y apetecible.
El país ha logrado superar esa vaguedad conceptual que dominaba el escenario de los partidos hace no muchos años, donde la única diferencia entre ellos era los nombres de los candidatos. Hacer parte de una colectividad o de otra no ofrecía discrepancias. No sorprende que hayamos tenido más de 70 partidos; todos representaban los intereses personales de un político que no tenía posición, pues lo natural era acomodarse por una cuota burocrática con el gobierno de turno. ¡Era un país de grandes acuerdos nacionales!
Una de las virtudes del gobierno Uribe fue, precisamente, haber logrado establecer claridad en la política. El ejercicio de oposición de manera coherente, como lo ha hecho el Polo, aunado a la posición racional del Gobierno, ha servido para que las posiciones políticas de ambos segmentos se clarifiquen y que las diferencias partidistas encuentren un sentido en la realidad.
Así, cada grupo político ha tenido que definir de manera precisa una posición sobre los grandes asuntos que ocupan al país: la manera como se pretende resolver el conflicto armado, el intercambio humanitario, las relaciones con la comunidad internacional… La dinámica partidista en una democracia requiere ese enfrentamiento ideológico, para que los electores puedan votar conociendo las implicaciones de su elección.
Muchas de las posiciones políticas de un partido surgen de que el otro ha tomado la posición contraria. La impopularidad de una posición se vuelve oportunidad para el partido que ostenta la tesis inversa. La oposición política es manera eficiente de aspirar al poder: el fracaso del partido de Gobierno convierte -ante la opinión- a la oposición en la alternativa más deseable.
No se trata, por supuesto, de que no existan acuerdos nacionales sobre lo fundamental; esos acuerdos existen y deben persistir. Pero no se puede ceder al afán propio de las carreras políticas y de buscar el mayor número de votantes en detrimento de la ideología. Las posturas políticas deben ser un delicado equilibrio: lo suficientemente amplias para incluir y atraer tantos electores como pueda, pero lo definidas para crear una diferencia frente a los otros grupos políticos.
Por ello, esa declaración en el seno del Partido de la U resulta inexplicable y, sobre todo, equivocada políticamente. No es deseable una democracia de unidad política: sin la oposición se acaba la crítica, se pierde el juego ideológico y, más aún, los partidos se vuelven unas asociaciones para la negociación burocrática. El debate político es sano, promueve la reflexión y le da dinamismo y peso a cada decisión.
La polarización es orientación, congruencia, diferenciación y discusión; sin eso no hay verdadera política.
domingo, marzo 29, 2009
Los conservadores y Uribe
Antes del gobierno Uribe el Partido Conservador enfrentaba una profunda crisis. Los congresistas estaban disgregados en movimientos independientes y, ante los fracasos del gobierno Pastrana, el liderazgo languidecía. La candidatura de Uribe se perfiló como la mejor alternativa para la unidad del conservatismo.
La masa conservadora se sintió representada en la personalidad de Uribe: recia, clara y patriota y lo siguió como lo hiciera antes con Núñez, pues ella tiene bien sabido que la vocación de poder está justificada sólo en el bienestar de la Patria, sin que la filiación sea lo fundamental. Esto, por supuesto, no puede interpretarse como una ausencia de vocación de poder. Un partido político es esencialmente búsqueda de poder por las vías democráticas para implantar las reformas políticas que su ideario considera soluciones para el país. Pero cuando entre sus huestes no encuentra ese candidato, no puede perder la capacidad de reconocerlo en otros partidos. Lo que está en juego es el bienestar social, ante el cual siempre deberá ceder la aspiración partidista.
Algunos conservadores sostenían que el partido fracasaría si apoyaba a un candidato de origen liberal; los hechos probaron su error. La consolidación del partido se dio en torno a la figura de Álvaro Uribe y bajo la lúcida dirección de Carlos Holguín. En las elecciones de Senado del 2002, el conservatismo obtuvo trece curules con 880.000 votos (pero había muchos otros movimientos conservadores con importantes votaciones: Equipo Colombia, encabezado por la figura del eximio conservador Luis Alfredo Ramos, obtuvo la primera votación con más de 220.000 votos). La batalla titánica de Holguín para devolver ese proceso de disolución requirió varias reforma legales, cabe mencionar: el aumento de los requisitos para los partidos, el sistema de listas únicas y el voto preferente. Los resultados fueron contundentes: en el 2006 los conservadores lograron 18 curules en el Senado, con prácticamente 1,5 millones de votos.
Ahora es un partido vigoroso, que ha recobrado la importancia que tradicionalmente ha ostentado en la historia política colombiana. Soberbio y fortalecido, enfrenta una decisión fundamental en la que están en juego sus principios y su vocación de poder: seguir apoyando a Uribe o buscar un candidato conservador. Tiene jóvenes y promisorias figuras, pero tiene también un compromiso con la historia al que no puede ser inferior. Es necesario exponer las razones por las cuales le conviene más a Colombia un candidato conservador que la continuidad de un presidente que ha sabido representar el ideario conservador y que rescató al país de la catástrofe.
La carta de Enrique Gómez fue una franca desilusión. No dio un sólo argumento en el que explique por qué considera inconveniente la reelección de Uribe. Pareciera sugerir lo contrario: señalaba el esfuerzo y la entereza del Mandatario y la majadería de la oposición para concluir que era necesario un candidato conservador. Y en el propio partido hay, por un lado, defensores del referendo y, por el otro, quienes pregonan la necesidad de un candidato propio. Es inaceptable un debate tan pobre. Es triste un partido esperando -como un oportunista- a ver qué barco zarpa más cargado. ¿Falta, otra vez, directiva?
La masa conservadora se sintió representada en la personalidad de Uribe: recia, clara y patriota y lo siguió como lo hiciera antes con Núñez, pues ella tiene bien sabido que la vocación de poder está justificada sólo en el bienestar de la Patria, sin que la filiación sea lo fundamental. Esto, por supuesto, no puede interpretarse como una ausencia de vocación de poder. Un partido político es esencialmente búsqueda de poder por las vías democráticas para implantar las reformas políticas que su ideario considera soluciones para el país. Pero cuando entre sus huestes no encuentra ese candidato, no puede perder la capacidad de reconocerlo en otros partidos. Lo que está en juego es el bienestar social, ante el cual siempre deberá ceder la aspiración partidista.
Algunos conservadores sostenían que el partido fracasaría si apoyaba a un candidato de origen liberal; los hechos probaron su error. La consolidación del partido se dio en torno a la figura de Álvaro Uribe y bajo la lúcida dirección de Carlos Holguín. En las elecciones de Senado del 2002, el conservatismo obtuvo trece curules con 880.000 votos (pero había muchos otros movimientos conservadores con importantes votaciones: Equipo Colombia, encabezado por la figura del eximio conservador Luis Alfredo Ramos, obtuvo la primera votación con más de 220.000 votos). La batalla titánica de Holguín para devolver ese proceso de disolución requirió varias reforma legales, cabe mencionar: el aumento de los requisitos para los partidos, el sistema de listas únicas y el voto preferente. Los resultados fueron contundentes: en el 2006 los conservadores lograron 18 curules en el Senado, con prácticamente 1,5 millones de votos.
Ahora es un partido vigoroso, que ha recobrado la importancia que tradicionalmente ha ostentado en la historia política colombiana. Soberbio y fortalecido, enfrenta una decisión fundamental en la que están en juego sus principios y su vocación de poder: seguir apoyando a Uribe o buscar un candidato conservador. Tiene jóvenes y promisorias figuras, pero tiene también un compromiso con la historia al que no puede ser inferior. Es necesario exponer las razones por las cuales le conviene más a Colombia un candidato conservador que la continuidad de un presidente que ha sabido representar el ideario conservador y que rescató al país de la catástrofe.
La carta de Enrique Gómez fue una franca desilusión. No dio un sólo argumento en el que explique por qué considera inconveniente la reelección de Uribe. Pareciera sugerir lo contrario: señalaba el esfuerzo y la entereza del Mandatario y la majadería de la oposición para concluir que era necesario un candidato conservador. Y en el propio partido hay, por un lado, defensores del referendo y, por el otro, quienes pregonan la necesidad de un candidato propio. Es inaceptable un debate tan pobre. Es triste un partido esperando -como un oportunista- a ver qué barco zarpa más cargado. ¿Falta, otra vez, directiva?
sábado, marzo 21, 2009
Gobierno Gaviria
Ad portas del próximo debate político, vale la pena recordar algunos aspectos del gobierno del presidente César Gaviria, jefe del Partido Liberal. Para que el debate no se convierta en una simple cátedra de lo que habría que hacer, es fundamental tener presente las ejecutorias de cada figura, cuando ya unos tuvieron a cargo la Nación. A esa administración le atribuimos cuatro fallas que afectaron gravemente la configuración del país y cuyas consecuencias son aún visibles.
Por una parte, aprovechó el desprestigio del Congreso para cerrarlo. Ello reafirmó la devaluación de esa institución que aún hoy está sumida bajo esa mancha. El hecho es especialmente grave, si tenemos en cuenta que el Congreso es la institución destinada a la toma de decisiones políticas. Destruyó la legitimidad que otorga el voto popular donde se expresan los diferentes grupos de interés y las prioridades de los colombianos. Esta desfiguración del Congreso rompe el equilibrio del poder público.
Inició una lucha contra el cartel de Medellín, descuidando irresponsablemente el enfrentamiento contra la guerrilla y los paramilitares. El resultado fue que esos ejércitos asumieron el rol del narcotraficante y redoblaron su capacidad de destruir el país. Son consecuencias que aún hoy permanecen.
Otra falta fue la Constitución de 1991. La séptima papeleta que se incluyó en la elección de 1990 ‘legitimó’ la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente y el cierre del Congreso. La votación que obtuvieron los constituyentes fue insignificante y mostró gran apatía de la Nación ante éste, que debió ser un importante fenómeno. La legitimación le correspondió a los medios de comunicación, que presionaron a la Corte Suprema para que aprobara la legalidad de la convocatoria -que era inconstitucional- y la han vendido como una de las manifestaciones democráticas más importantes de los últimos tiempos.
Esa Constituyente estuvo permeada por intereses de los extraditables, quienes ejercieron presión mediante poderosos recursos económicos. Volvemos a recordarlo con los escándalos actuales, donde algunos constituyentes están siendo acusados de haber recibido dinero de Pablo Escobar para eliminar la extradición -me refiero a la acusación de Salazar Pineda contra Rojas Birry-. Los problemas de una Constitución elaborada bajo esas tensiones no se hicieron esperar: el ex presidente Pastrana Borrero, jefe del Partido Conservador, renunció a su calidad de constituyente por considerar inapropiados los poderes exorbitantes que se atribuían al presidente Gaviria. Tan patético llegó a ser su desarrollo, que los constituyentes firmaron un texto en blanco.
Finalmente, el gobierno Gaviria se embarcó en las políticas neoliberales sobre apertura económica, pero lo hizo sin la debida planeación y gradualidad. El resultado también perduró mucho tiempo, la crisis de la industria colombiana fue muy profunda. Así mismo, el sector agrario inició un duro proceso de decadencia. Al mismo tiempo, este gobierno indujo al Estado en un gasto público exorbitante financiado por la privatización de muchos activos públicos, como hidroeléctricas, y el mayor fraude contra el Estado: Puertos de Colombia. Ese gasto no podía ser sostenible -un día se terminarían los activos- y precisamente por ello era inconveniente, pues reducir el gasto público es una tarea muy difícil -casi imposible- de lograr.
Recordar y no olvidar.
Marzo 21 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar212009/PRI
Por una parte, aprovechó el desprestigio del Congreso para cerrarlo. Ello reafirmó la devaluación de esa institución que aún hoy está sumida bajo esa mancha. El hecho es especialmente grave, si tenemos en cuenta que el Congreso es la institución destinada a la toma de decisiones políticas. Destruyó la legitimidad que otorga el voto popular donde se expresan los diferentes grupos de interés y las prioridades de los colombianos. Esta desfiguración del Congreso rompe el equilibrio del poder público.
Inició una lucha contra el cartel de Medellín, descuidando irresponsablemente el enfrentamiento contra la guerrilla y los paramilitares. El resultado fue que esos ejércitos asumieron el rol del narcotraficante y redoblaron su capacidad de destruir el país. Son consecuencias que aún hoy permanecen.
Otra falta fue la Constitución de 1991. La séptima papeleta que se incluyó en la elección de 1990 ‘legitimó’ la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente y el cierre del Congreso. La votación que obtuvieron los constituyentes fue insignificante y mostró gran apatía de la Nación ante éste, que debió ser un importante fenómeno. La legitimación le correspondió a los medios de comunicación, que presionaron a la Corte Suprema para que aprobara la legalidad de la convocatoria -que era inconstitucional- y la han vendido como una de las manifestaciones democráticas más importantes de los últimos tiempos.
Esa Constituyente estuvo permeada por intereses de los extraditables, quienes ejercieron presión mediante poderosos recursos económicos. Volvemos a recordarlo con los escándalos actuales, donde algunos constituyentes están siendo acusados de haber recibido dinero de Pablo Escobar para eliminar la extradición -me refiero a la acusación de Salazar Pineda contra Rojas Birry-. Los problemas de una Constitución elaborada bajo esas tensiones no se hicieron esperar: el ex presidente Pastrana Borrero, jefe del Partido Conservador, renunció a su calidad de constituyente por considerar inapropiados los poderes exorbitantes que se atribuían al presidente Gaviria. Tan patético llegó a ser su desarrollo, que los constituyentes firmaron un texto en blanco.
Finalmente, el gobierno Gaviria se embarcó en las políticas neoliberales sobre apertura económica, pero lo hizo sin la debida planeación y gradualidad. El resultado también perduró mucho tiempo, la crisis de la industria colombiana fue muy profunda. Así mismo, el sector agrario inició un duro proceso de decadencia. Al mismo tiempo, este gobierno indujo al Estado en un gasto público exorbitante financiado por la privatización de muchos activos públicos, como hidroeléctricas, y el mayor fraude contra el Estado: Puertos de Colombia. Ese gasto no podía ser sostenible -un día se terminarían los activos- y precisamente por ello era inconveniente, pues reducir el gasto público es una tarea muy difícil -casi imposible- de lograr.
Recordar y no olvidar.
Marzo 21 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar212009/PRI
sábado, marzo 14, 2009
¿Nueva enemiga de la paz?
La Corte Suprema, mediante una sentencia, restringió la aplicación de los beneficios de la Ley de Justicia y Paz a aquellos delitos cometidos antes del 25 de julio del 2008, fecha en la que fue aprobada. El hecho deja por fuera de ella a miles de desmovilizados. Por ejemplo, sólo 7.000 paramilitares de los 32.000 que se desmovilizaron en la ceremonia se habían acogido a la Ley con anterioridad. Quedan también excluidos los guerrilleros que han desertado. A pesar de sus críticas, la Ley se ha mostrado efectiva, por el número de militantes que han optado por reintegrarse y más aún por las confesiones que han permitido conocer muchas verdades. Su inaplicabilidad es otro hecho que se suma a una larga lista de agravios que comete la Corte contra la institucionalidad y la Nación.
Entre los juicios que hace la Corte para justificar su decisión vale resaltar éste: “No podemos enviarle a la comunidad un pésimo mensaje, traducido en el hecho de que hasta las postrimerías del 2010 resultaría menos grave ejecutar el delito de genocidio que incurrir en un falso testimonio... ”.
La Corte estuvo preocupada por establecer cuál debe ser la escala de penas de los delitos y los mensajes que se envían a la comunidad. Esa función no le corresponde. Decidir la envergadura del castigo o lo que es conveniente para la sociedad es una tarea política que ejerce el Congreso. Si los honorables magistrados tienen interés en legislar deben hacerlo desde la institución designada por la Constitución para ello; necesitarán, entonces, ser elegidos por el voto popular como congresistas.
La misión de la Corte es jurídica y se limita a la interpretación normativa, a la luz de la Constitución y el querer del legislador -que tenía clara la importancia de generar instrumentos que nos acerquen a la paz-. El sentido de la Ley era contar con una herramienta para estimular la desmovilización de los violentos durante un plazo que coincida con el esfuerzo militar. Por supuesto genera incentivos suficientes para que los miembros deserten. Hay, pues, una claridad legislativa que debe ser respetada, a pesar de que los magistrados no compartan las implicaciones políticas.
Hay quienes atribuyen esta decisión de la Corte al enfrentamiento con el gobierno Uribe. Ésta sería una triste actuación que lesiona al Gobierno, que pierde credibilidad para lograr que el mayor número de miembros de los grupos al margen de la ley abandonen las armas, y hiere gravemente la Nación, que pierde la posibilidad de un proceso de paz a través de la desmovilización.
He aquí otro exabrupto que relieva la importancia de que las altas cortes estén en sintonía con las decisiones democráticas. No es conveniente que exista una rama del poder público que actúe como una rueda suelta, incluso contra los intereses de la Nación. Ello ocurre por un pobre diseño institucional. El poder soberano de la democracia debe jugar un papel -por minúsculo e indirecto que sea- en la elección de los funcionarios de alto nivel judicial. La cooptación, donde el cargo se lo asignan ellos mismos, es un sistema hermético que aleja de las realidades, aisla del querer social y es irresponsable: ¿quién puede pedirle cuentas a la Corte?
Marzo 14 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar072009/PRI
Entre los juicios que hace la Corte para justificar su decisión vale resaltar éste: “No podemos enviarle a la comunidad un pésimo mensaje, traducido en el hecho de que hasta las postrimerías del 2010 resultaría menos grave ejecutar el delito de genocidio que incurrir en un falso testimonio... ”.
La Corte estuvo preocupada por establecer cuál debe ser la escala de penas de los delitos y los mensajes que se envían a la comunidad. Esa función no le corresponde. Decidir la envergadura del castigo o lo que es conveniente para la sociedad es una tarea política que ejerce el Congreso. Si los honorables magistrados tienen interés en legislar deben hacerlo desde la institución designada por la Constitución para ello; necesitarán, entonces, ser elegidos por el voto popular como congresistas.
La misión de la Corte es jurídica y se limita a la interpretación normativa, a la luz de la Constitución y el querer del legislador -que tenía clara la importancia de generar instrumentos que nos acerquen a la paz-. El sentido de la Ley era contar con una herramienta para estimular la desmovilización de los violentos durante un plazo que coincida con el esfuerzo militar. Por supuesto genera incentivos suficientes para que los miembros deserten. Hay, pues, una claridad legislativa que debe ser respetada, a pesar de que los magistrados no compartan las implicaciones políticas.
Hay quienes atribuyen esta decisión de la Corte al enfrentamiento con el gobierno Uribe. Ésta sería una triste actuación que lesiona al Gobierno, que pierde credibilidad para lograr que el mayor número de miembros de los grupos al margen de la ley abandonen las armas, y hiere gravemente la Nación, que pierde la posibilidad de un proceso de paz a través de la desmovilización.
He aquí otro exabrupto que relieva la importancia de que las altas cortes estén en sintonía con las decisiones democráticas. No es conveniente que exista una rama del poder público que actúe como una rueda suelta, incluso contra los intereses de la Nación. Ello ocurre por un pobre diseño institucional. El poder soberano de la democracia debe jugar un papel -por minúsculo e indirecto que sea- en la elección de los funcionarios de alto nivel judicial. La cooptación, donde el cargo se lo asignan ellos mismos, es un sistema hermético que aleja de las realidades, aisla del querer social y es irresponsable: ¿quién puede pedirle cuentas a la Corte?
Marzo 14 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar072009/PRI
lunes, marzo 09, 2009
Los mensajes de Obama
Entre todo lo que ha sido el trámite de aprobación del TLC con EE.UU. –mecanismo de presión contra Bush, eslogan de campaña, comodín de oposición-, ha sobresalido la ignorancia del Partido Demócrata -encabezado por el actual Presidente- sobre las relaciones con Latinoamérica.
¿Qué mensaje desea enviar Obama a la región? Busca la aprobación del TLC con Panamá, a pesar de que ese Tratado había sido detenido porque allá se eligió como presidente de la Asamblea Nacional a Pedro Miguel González, quien en 1992 mató a un soldado norteamericano e hirió a otro y está pedido en extradición por EE.UU. Ahora que González terminó su período en ese cargo, pero continúa siendo legislador, el Tratado se puede aprobar. A Colombia, en cambio, hay que presionarla, porque nuestros esfuerzos no son suficientes.
El conflicto colombiano tiene su combustible en las drogas: las guerrillas pervertidas por las cantinas colmadas por el dinero son narcotraficantes, usan las páginas de ‘El capital’ para envolver coca, que después se vende en EE.UU. Innegablemente hay corresponsabilidad: no sólo quien la produce y la comercializa puede tildarse de delincuente; el consumidor final es la pieza que provee el estímulo monetario para que el engranaje funcione. Así que cuando Colombia padece el fenómeno de las drogas son responsables los narcotraficantes y los consumidores estadounidenses.
Vale recordar que la implementación del Plan Colombia con los requerimientos norteamericanos –fumigación- nos ha costado duros enfrentamientos con nuestros vecinos: Ecuador, Perú y Bolivia, entre otros. Pero Colombia ha cumplido. Hemos combatido con la fuerza que nuestra institucionalidad permite y resistido la violencia, las represalias de los delincuentes y la presión diplomática. Entonces nuestro socio comercial más importante, -EE.UU., que nos exige luchar contra las drogas y al mismo tiempo nos las compra- decide que en este país se violan muchos derechos humanos.
Los esfuerzos del presidente Uribe redujeron el crimen: menos de cinco sindicalistas por cada cien mil son asesinados, mientras que de cien mil colombianos de a pie, 39 son asesinados. Eso significa una reducción de los homicidios desde el 2001 de más del 40% y del 80% para el caso de los sindicalistas. Más del 20% de las personas protegidas por el Estado son sindicalistas. Así también hemos reducido los secuestros, fortalecido la Justicia y recobrado la soberanía sobre el territorio. Todo ello con un esfuerzo humano titánico, pero seguimos atormentados por todos los males del narcotráfico.
Y claro que se siguen violando derechos humanos y se asesina y así seguirá siendo mientras nuestro conflicto se alimente de las drogas. No hay país que sea capaz de combatir narcoejércitos de criminales y mafias organizadas sin que ello pervierta la esencia misma de sus instituciones y comprometa su propia estabilidad. Lo han vivido otros países a menor escala como Italia y empieza a presentirlo México. Por supuesto que no es aceptable que los derechos humanos se violen y que deberíamos aspirar a que no haya ningún crimen en nuestra Patria. Pero todavía no aparece la formula mágica para hacerlo. Es un proceso largo y difícil que hemos iniciado.
Colombia no desea el crimen y no necesitamos más presión para saberlo. Gracias.
Marzo 9 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar072009/PRI
¿Qué mensaje desea enviar Obama a la región? Busca la aprobación del TLC con Panamá, a pesar de que ese Tratado había sido detenido porque allá se eligió como presidente de la Asamblea Nacional a Pedro Miguel González, quien en 1992 mató a un soldado norteamericano e hirió a otro y está pedido en extradición por EE.UU. Ahora que González terminó su período en ese cargo, pero continúa siendo legislador, el Tratado se puede aprobar. A Colombia, en cambio, hay que presionarla, porque nuestros esfuerzos no son suficientes.
El conflicto colombiano tiene su combustible en las drogas: las guerrillas pervertidas por las cantinas colmadas por el dinero son narcotraficantes, usan las páginas de ‘El capital’ para envolver coca, que después se vende en EE.UU. Innegablemente hay corresponsabilidad: no sólo quien la produce y la comercializa puede tildarse de delincuente; el consumidor final es la pieza que provee el estímulo monetario para que el engranaje funcione. Así que cuando Colombia padece el fenómeno de las drogas son responsables los narcotraficantes y los consumidores estadounidenses.
Vale recordar que la implementación del Plan Colombia con los requerimientos norteamericanos –fumigación- nos ha costado duros enfrentamientos con nuestros vecinos: Ecuador, Perú y Bolivia, entre otros. Pero Colombia ha cumplido. Hemos combatido con la fuerza que nuestra institucionalidad permite y resistido la violencia, las represalias de los delincuentes y la presión diplomática. Entonces nuestro socio comercial más importante, -EE.UU., que nos exige luchar contra las drogas y al mismo tiempo nos las compra- decide que en este país se violan muchos derechos humanos.
Los esfuerzos del presidente Uribe redujeron el crimen: menos de cinco sindicalistas por cada cien mil son asesinados, mientras que de cien mil colombianos de a pie, 39 son asesinados. Eso significa una reducción de los homicidios desde el 2001 de más del 40% y del 80% para el caso de los sindicalistas. Más del 20% de las personas protegidas por el Estado son sindicalistas. Así también hemos reducido los secuestros, fortalecido la Justicia y recobrado la soberanía sobre el territorio. Todo ello con un esfuerzo humano titánico, pero seguimos atormentados por todos los males del narcotráfico.
Y claro que se siguen violando derechos humanos y se asesina y así seguirá siendo mientras nuestro conflicto se alimente de las drogas. No hay país que sea capaz de combatir narcoejércitos de criminales y mafias organizadas sin que ello pervierta la esencia misma de sus instituciones y comprometa su propia estabilidad. Lo han vivido otros países a menor escala como Italia y empieza a presentirlo México. Por supuesto que no es aceptable que los derechos humanos se violen y que deberíamos aspirar a que no haya ningún crimen en nuestra Patria. Pero todavía no aparece la formula mágica para hacerlo. Es un proceso largo y difícil que hemos iniciado.
Colombia no desea el crimen y no necesitamos más presión para saberlo. Gracias.
Marzo 9 de 2009
http://www.elpais.com.co/paisonline/ediciones_anteriores/ediciones.php?p=/historico/mar072009/PRI
domingo, marzo 01, 2009
El que nada debe…
Salvo las interceptaciones legales destinadas a hacer parte de un proceso penal, las interceptaciones telefónicas tienen intereses cuestionables. La mera interceptación de la línea es un problema menor. Oír conversaciones sólo por oírlas lesiona la privacidad, pero no es una ofensa grave, no implica ningún peligro real. Por eso el Código Penal la castiga con prisión de sólo 1 a 3 años. En general, la información procedente de la usurpación de la privacidad telefónica es una herramienta peligrosa, en la medida en que se utiliza. Por ello la pena aumenta un año. Pero no toda información es usable, sólo aquella que es relevante, secreta o turbia es útil; conversaciones irrisorias no tienen uso. Por supuesto si se utiliza para extorsionar se transforman en otro delito y la pena es de 8 a 15 años. Correlativamente, entre más oscura sea la información, más grave le parecerá al ‘chuzado’ haber sido grabado.
Hay medios de comunicación que pagan para tener grabaciones de personajes cuyas acciones pueden ser noticias de impacto. Basta recordar la explotación ‘periodística’ de la conversación privada del presidente Uribe con ‘El mechudo’ Herrera.
Protegidos por la llamada ‘libertad de prensa’ muchos medios consideran que pueden pervertir la institucionalidad. Se ha vuelto común cometer y tolerar delitos con la excusa de obtener la noticia: grabaciones ilegales, pago a funcionarios por información privada (como el que realizó un medio de comunicación a un miembro de las Fuerzas Armadas para obtener el video de la Operación Jaque, que es un evidente cohecho). Esto vuelve a poner de presente la necesidad de proferir una ley de prensa que les recuerde que el periodismo jamás puede delinquir para obtener las noticias.
Los regímenes totalitarios también son propensos a ‘chuzar’ ciudadanos y funcionarios; pero lo hacen con un propósito concreto: controlar y tomar medidas en contra de los disidentes. Así, no sólo los oyen sino que proceden a actuar. Es el caso de Carlos Galvis, cónsul colombiano en Venezuela. Ese país solicitó su retiro por la conversación privada que le grabó ese Gobierno. La falta de acciones del régimen contra los ‘chuzados’ descarta de plano esta alternativa.
Existe también la interceptación que pretende la extorsión. Para este escenario es necesario sorprender al grabado en un acto indebido, puede ser de índole amoroso o delictivo. Entonces el grabador –también delincuente- aprovecha la ocasión para obtener del ‘chuzado’ dinero o favores ilegales. Este mercado, cabe suponer, está dominado por los funcionarios del nivel medio que utilizan la infraestructura del Estado para hacer sus negocios delictivos. El país no puede conformarse con la renuncia de los jefes como responsables, es necesaria la sanción implacable contra los funcionarios ejecutores reales.
Esperamos, por supuesto, que este no sea el caso, pues ello implicaría que nuestros magistrados y otros funcionarios estarían comprometidos en acciones ilegales, rememorando las famosas conversaciones con Giorgio Sale y el inolvidable ‘miti miti’. Se requerirá la acción contundente de los entes investigativos para descartar esta opción.
Hasta ahora no se conoce ningún uso de la información. El único daño que se les ha causado a los ‘chuzados’ es la incomodidad de saberse oídos. No por ello se puede ignorar el hecho, podemos estar ante la punta de un iceberg.
28 de febrero de 2009
El Pais Cali
Hay medios de comunicación que pagan para tener grabaciones de personajes cuyas acciones pueden ser noticias de impacto. Basta recordar la explotación ‘periodística’ de la conversación privada del presidente Uribe con ‘El mechudo’ Herrera.
Protegidos por la llamada ‘libertad de prensa’ muchos medios consideran que pueden pervertir la institucionalidad. Se ha vuelto común cometer y tolerar delitos con la excusa de obtener la noticia: grabaciones ilegales, pago a funcionarios por información privada (como el que realizó un medio de comunicación a un miembro de las Fuerzas Armadas para obtener el video de la Operación Jaque, que es un evidente cohecho). Esto vuelve a poner de presente la necesidad de proferir una ley de prensa que les recuerde que el periodismo jamás puede delinquir para obtener las noticias.
Los regímenes totalitarios también son propensos a ‘chuzar’ ciudadanos y funcionarios; pero lo hacen con un propósito concreto: controlar y tomar medidas en contra de los disidentes. Así, no sólo los oyen sino que proceden a actuar. Es el caso de Carlos Galvis, cónsul colombiano en Venezuela. Ese país solicitó su retiro por la conversación privada que le grabó ese Gobierno. La falta de acciones del régimen contra los ‘chuzados’ descarta de plano esta alternativa.
Existe también la interceptación que pretende la extorsión. Para este escenario es necesario sorprender al grabado en un acto indebido, puede ser de índole amoroso o delictivo. Entonces el grabador –también delincuente- aprovecha la ocasión para obtener del ‘chuzado’ dinero o favores ilegales. Este mercado, cabe suponer, está dominado por los funcionarios del nivel medio que utilizan la infraestructura del Estado para hacer sus negocios delictivos. El país no puede conformarse con la renuncia de los jefes como responsables, es necesaria la sanción implacable contra los funcionarios ejecutores reales.
Esperamos, por supuesto, que este no sea el caso, pues ello implicaría que nuestros magistrados y otros funcionarios estarían comprometidos en acciones ilegales, rememorando las famosas conversaciones con Giorgio Sale y el inolvidable ‘miti miti’. Se requerirá la acción contundente de los entes investigativos para descartar esta opción.
Hasta ahora no se conoce ningún uso de la información. El único daño que se les ha causado a los ‘chuzados’ es la incomodidad de saberse oídos. No por ello se puede ignorar el hecho, podemos estar ante la punta de un iceberg.
28 de febrero de 2009
El Pais Cali
lunes, febrero 23, 2009
Las cartas uribistas
Si el presidente Uribe no es candidato para la reelección, el mayor reto será impedir una división que pueda dar como resultado que la fuerza uribista fragmentada no llegue a la segunda vuelta. Se requerirá una candidatura que aglutine.
Juan Manuel Santos es un administrador eficiente, capaz de llevar con éxito y liderazgo difíciles ministerios. Durante el gobierno Pastrana la economía nacional parecía destinada al colapso, la deuda pública estaba desbordada y no había recursos para financiarla. Su gestión fue contundente: mediante disciplina fiscal y hábiles colocaciones de bonos en el exterior logró mitigar la situación. Como ministro de Defensa ha sido igualmente triunfante: bajas de cabecillas de las Farc como ‘Raúl Reyes’, ‘Martín Caballero’ y ‘el negro Acacio’ y miles de capturas y deserciones. Así mismo, bajo su liderazgo se ejecutó la Operación Jaque, en la que el Ejército mostró capacidad de organización e inteligencia sin precedentes. Tiene en su contra no haber participado en comicios electorales, lo cual significa que no sabemos cuál será la reacción del electorado con su candidatura, pero cuenta con la estructura del Partido de la U.
Noemí Sanín encarna la mujer colombiana capaz de liderar procesos. Así lo hizo en su trayectoria en el sector financiero, como ministra de Comunicaciones y de Relaciones Exteriores y embajadora en Venezuela, España e Inglaterra. Su manejo de las relaciones humanas ha sido notable. En torno a su figura se sienten cómodos quienes vienen de otras vertientes políticas y los que no tienen filiación. Pese a su prolongada ausencia, la opinión sigue positiva, pero no ha resuelto el problema que le ha impedido llegar a la Presidencia: necesita un partido estructurado que la respalde.
A Andrés Felipe Arias hay que reconocerle que desde hacía mucho tiempo ningún ministro le daba a la Agricultura la importancia que merece en un país con esa vocación. Su labor se caracterizó por una profunda comprensión del fenómeno agrario, sus necesidades y la solución de los obstáculos. Créditos, maquinaria y facilidades le dieron un respiro a un sector azotado por la violencia. Su agitado carácter, propenso a desconocer que en la disidencia hay argumentos importantes, puede ser su peor enemigo, carga pleitos que pueden ser negativos, como el de los ambientalistas.
De Germán Vargas Lleras no es fácil saber si es o no una opción del uribismo. Desde hace mucho viene despreciando al Presidente y le ha fallado en momentos fundamentales, como el referendo. Esto puede haber comprometido la posibilidad de que el uribismo lo acompañe. Ha probado ser un hombre de lucha democrática, que logró sobresalir por su capacidad de gestión y liderazgo. Cuenta no sólo con los votos de estructura política, sino que además tiene acogida en el voto de opinión.
Rodrigo Rivera (lo menciono no porque sea una opción uribista, sino porque él ahora pretende figurar así) ha decidido acercarse al Presidente y dibujarse como heredero de su legado. Es parte del Partido Liberal, que ha hecho abierta oposición a este Gobierno, pero de manera oportunista aparece ahora a ver si puede recoger algo del prestigio presidencial. Es una actitud demagógica, pues como precandidato jamás habló seriamente de la seguridad. Sorprende el trato deferente con el que el Presidente lo ha distinguido.
21 de febrero de 2009
Publicado en el Diario "El País de Cali"
Juan Manuel Santos es un administrador eficiente, capaz de llevar con éxito y liderazgo difíciles ministerios. Durante el gobierno Pastrana la economía nacional parecía destinada al colapso, la deuda pública estaba desbordada y no había recursos para financiarla. Su gestión fue contundente: mediante disciplina fiscal y hábiles colocaciones de bonos en el exterior logró mitigar la situación. Como ministro de Defensa ha sido igualmente triunfante: bajas de cabecillas de las Farc como ‘Raúl Reyes’, ‘Martín Caballero’ y ‘el negro Acacio’ y miles de capturas y deserciones. Así mismo, bajo su liderazgo se ejecutó la Operación Jaque, en la que el Ejército mostró capacidad de organización e inteligencia sin precedentes. Tiene en su contra no haber participado en comicios electorales, lo cual significa que no sabemos cuál será la reacción del electorado con su candidatura, pero cuenta con la estructura del Partido de la U.
Noemí Sanín encarna la mujer colombiana capaz de liderar procesos. Así lo hizo en su trayectoria en el sector financiero, como ministra de Comunicaciones y de Relaciones Exteriores y embajadora en Venezuela, España e Inglaterra. Su manejo de las relaciones humanas ha sido notable. En torno a su figura se sienten cómodos quienes vienen de otras vertientes políticas y los que no tienen filiación. Pese a su prolongada ausencia, la opinión sigue positiva, pero no ha resuelto el problema que le ha impedido llegar a la Presidencia: necesita un partido estructurado que la respalde.
A Andrés Felipe Arias hay que reconocerle que desde hacía mucho tiempo ningún ministro le daba a la Agricultura la importancia que merece en un país con esa vocación. Su labor se caracterizó por una profunda comprensión del fenómeno agrario, sus necesidades y la solución de los obstáculos. Créditos, maquinaria y facilidades le dieron un respiro a un sector azotado por la violencia. Su agitado carácter, propenso a desconocer que en la disidencia hay argumentos importantes, puede ser su peor enemigo, carga pleitos que pueden ser negativos, como el de los ambientalistas.
De Germán Vargas Lleras no es fácil saber si es o no una opción del uribismo. Desde hace mucho viene despreciando al Presidente y le ha fallado en momentos fundamentales, como el referendo. Esto puede haber comprometido la posibilidad de que el uribismo lo acompañe. Ha probado ser un hombre de lucha democrática, que logró sobresalir por su capacidad de gestión y liderazgo. Cuenta no sólo con los votos de estructura política, sino que además tiene acogida en el voto de opinión.
Rodrigo Rivera (lo menciono no porque sea una opción uribista, sino porque él ahora pretende figurar así) ha decidido acercarse al Presidente y dibujarse como heredero de su legado. Es parte del Partido Liberal, que ha hecho abierta oposición a este Gobierno, pero de manera oportunista aparece ahora a ver si puede recoger algo del prestigio presidencial. Es una actitud demagógica, pues como precandidato jamás habló seriamente de la seguridad. Sorprende el trato deferente con el que el Presidente lo ha distinguido.
21 de febrero de 2009
Publicado en el Diario "El País de Cali"
sábado, febrero 14, 2009
La herencia de Uribe
Aún está por definirse si el Presidente Uribe será candidato para otra reelección, pero ya se perfilan precandidatos que pretenden sucederlo. Con este escenario vale la pena recapitular aquellas características que le han dado al Presidente Uribe una popularidad sin precedentes en nuestra reciente historia democrática.
Uribe llegó a ser Presidente porque tenía planes concretos para desarrollar durante su mandato y posee el liderazgo para realizarlos. Está característica, sencilla en apariencia, es muy escasa en nuestra tradición presidencial. La mayoría aspira a ser Presidente por el honor que ello supone. Cumplen su periodo y se sienten realizados por incluir ese cargo en su hoja de vida. Este fenómeno -corriente en nuestra política- es nefasto. El candidato arrastrado por la vanidad tiene dos defectos incorregibles: para aumentar su popularidad está dispuesto a cambiar de ideas y a tomar posiciones para tratar de complacer a las mayorías. Precisamente por eso, no logra consolidar ningún proyecto y mantiene al país en un caos del que nada surge. Además tiene este sujeto la idea de que ser elegido es su mayor esfuerzo. Una vez hecho Presidente sólo el paso del tiempo puede arrebatarle el triunfo, que en sí mismo constituye el pináculo final de su carrera. Los expresidentes se retiran, no siguen combatiendo en el escenario político porque se sienten superiores a él. Ese no será el caso de Uribe que tiene una postura definida y coherente que le permitirá hacer una critica coherente y constructiva a las administraciones venideras. Su ideología, su compromiso, está al servicio del país y no de su prestancia personal.
La segunda característica –ligada a la anterior- es que Uribe ha tenido una posición clara frente a los grupos al margen de la ley. El miedo se había apoderado de la institucionalidad colombiana, y pronto se volvió indiferencia y ceguera. Así el país se acostumbró a la postración y a ceder cada vez más ante los violentos. Uribe nos devolvió la dignidad como Estado, el coraje de enfrentarnos a quienes no respetan la vida y la libertad. Ha sido irreducible en la posición de que la violencia no es plausible como medio para acceder al poder público, ni aceptable bajo ninguna justificación. La violencia es inadmisible. Ha tendido, pues, el Presidente el carácter para enfrenar a todos los grupos armados como lo que son: extorsionistas y delincuentes. Ha sido un esfuerzo monumental, pero todavía frágil, que no podemos perder.
Finalmente, Uribe ha sido un Presidente del pueblo y para el pueblo. Las grandes masas que lo eligieron se sienten representantas porque él, a través de los consejos comunitarios, ha mantenido un constante dialogo con la provincia. Este mecanismo genera confianza de los gobiernos locales hacia el gobierno central, y al mismo tiempo le permite al gobierno comprender las verdaderos conflictos que enfrentan los gobernadores y alcaldes. El centralismo –una de nuestras más graves enfermedades- se cimienta en esos Presidentes que apoltronados en su silla prefieren la comodidad de su despacho, donde lo que sucede llega a sus oídos mediado por la boca de asesores aduladores a quienes sólo interesa la capital. El contacto directo del Presidente y sus ministros con la realidad de todo el país ha sido motor del inclusión y del crecimiento democrático.
Ojala algo nos quede de este ejemplo de vocación de servicio y liderazgo.
El País 14 de febrero de 2009
Uribe llegó a ser Presidente porque tenía planes concretos para desarrollar durante su mandato y posee el liderazgo para realizarlos. Está característica, sencilla en apariencia, es muy escasa en nuestra tradición presidencial. La mayoría aspira a ser Presidente por el honor que ello supone. Cumplen su periodo y se sienten realizados por incluir ese cargo en su hoja de vida. Este fenómeno -corriente en nuestra política- es nefasto. El candidato arrastrado por la vanidad tiene dos defectos incorregibles: para aumentar su popularidad está dispuesto a cambiar de ideas y a tomar posiciones para tratar de complacer a las mayorías. Precisamente por eso, no logra consolidar ningún proyecto y mantiene al país en un caos del que nada surge. Además tiene este sujeto la idea de que ser elegido es su mayor esfuerzo. Una vez hecho Presidente sólo el paso del tiempo puede arrebatarle el triunfo, que en sí mismo constituye el pináculo final de su carrera. Los expresidentes se retiran, no siguen combatiendo en el escenario político porque se sienten superiores a él. Ese no será el caso de Uribe que tiene una postura definida y coherente que le permitirá hacer una critica coherente y constructiva a las administraciones venideras. Su ideología, su compromiso, está al servicio del país y no de su prestancia personal.
La segunda característica –ligada a la anterior- es que Uribe ha tenido una posición clara frente a los grupos al margen de la ley. El miedo se había apoderado de la institucionalidad colombiana, y pronto se volvió indiferencia y ceguera. Así el país se acostumbró a la postración y a ceder cada vez más ante los violentos. Uribe nos devolvió la dignidad como Estado, el coraje de enfrentarnos a quienes no respetan la vida y la libertad. Ha sido irreducible en la posición de que la violencia no es plausible como medio para acceder al poder público, ni aceptable bajo ninguna justificación. La violencia es inadmisible. Ha tendido, pues, el Presidente el carácter para enfrenar a todos los grupos armados como lo que son: extorsionistas y delincuentes. Ha sido un esfuerzo monumental, pero todavía frágil, que no podemos perder.
Finalmente, Uribe ha sido un Presidente del pueblo y para el pueblo. Las grandes masas que lo eligieron se sienten representantas porque él, a través de los consejos comunitarios, ha mantenido un constante dialogo con la provincia. Este mecanismo genera confianza de los gobiernos locales hacia el gobierno central, y al mismo tiempo le permite al gobierno comprender las verdaderos conflictos que enfrentan los gobernadores y alcaldes. El centralismo –una de nuestras más graves enfermedades- se cimienta en esos Presidentes que apoltronados en su silla prefieren la comodidad de su despacho, donde lo que sucede llega a sus oídos mediado por la boca de asesores aduladores a quienes sólo interesa la capital. El contacto directo del Presidente y sus ministros con la realidad de todo el país ha sido motor del inclusión y del crecimiento democrático.
Ojala algo nos quede de este ejemplo de vocación de servicio y liderazgo.
El País 14 de febrero de 2009
lunes, febrero 09, 2009
Derechos sin derecho
Las parejas homosexuales deben y merecen tener los mismos derechos patrimoniales que las parejas heterosexuales. Es lógico, deseable y justo. Lo que no está bien es que la Corte Constitucional, para alcanzar esa importante meta, haya traspasado las barreras de la institucionalidad. La Corte ha proferido fallos que representan un avance en materia de derechos individuales muy importante, pero lo ha hecho irrespetando la estructura del Estado, la división de los poderes y la manera como la propia Constitución dispone que las leyes sean aprobadas.
La función legislativa corresponde al Congreso y sólo éste puede aprobar o improbar la normatividad colombiana. La razón es simple: los estados democráticos implican que el poder del pueblo -constituyente primario- esté presente y tenga un papel activo en las toma de las decisiones que le conciernen. Es así como el Congreso, investido por la legitimidad que le otorga el haber sido elegido popularmente, tiene la primera y justificada vocación para desarrollar la Constitución.
El oficio de la Corte Constitucional, en todas las democracias del mundo, es residual y subsidiario, restringido a aquellos eventos excepcionales donde por forma o fondo hay un irrespeto abierto de la Constitución. Ello implica que las decisiones sobre los cuales la Constitución no tiene una decisión expresa y que, en consecuencia, suponen un debate político significativo, corresponden al Congreso. Pero hoy en día el Congreso colombiano se ve en la necesidad de modificar la Constitución cuando no está de acuerdo con la posición política de la Corte sobre un tema.
El hecho violenta gravemente la democracia. Son estos debates, sobre los temas trascendentales, los que fortalecen los partidos, crean electores responsables y generan una relación real entre los congresistas y sus electores. Más aún, la democracia representativa -a pesar de todos sus defectos- siempre será mejor que el monopolio de un poder por parte de un grupo ungido, sobre el cual no tenemos ingerencia. Hoy puede parecernos insignificante la conducta de la Corte, pues hemos tenido la buena fortuna de que las decisiones, en general, no han sido tan malas; pero en el futuro ello puede cambiar.
Es prioritario considerar un nuevo artículo constitucional según el cual el Congreso pueda derogar las decisiones de la Corte Constitucional. Esta herramienta existe en EE.UU. y, a través de esta figura, el Congreso -como representante del pueblo- tiene la última palabra sobre temas propios del debate público. Se trata de imponer un límite y un contrapeso a las decisiones constitucionales. Una corte, en estas condiciones, se ve obligada a tener en cuenta la posición del Congreso, que a su vez está ligado a la opinión pública por la dinámica electoral.
Además, la arbitrariedad de la Corte es un ejemplo preocupante. Nuestro país tiende a buscar la realización de fines benévolos despreciando la importancia de los medios; una guerrilla que por el bienestar social decide ir a las armas y paramilitares que ante la ausencia de Estado deciden proteger a la población. Hace más mal que bien quien persiste en enseñar que cualquier camino es conducente. Hace doble mal quien procura más libertades con el sacrificio de los valores democráticos. Esos valores sustentan las libertades y otorgan la certeza de que nuestra opinión será auscultada y de que en nuestras manos reside la posibilidad de cambio.
El País, 7 de febrero de 2009
La función legislativa corresponde al Congreso y sólo éste puede aprobar o improbar la normatividad colombiana. La razón es simple: los estados democráticos implican que el poder del pueblo -constituyente primario- esté presente y tenga un papel activo en las toma de las decisiones que le conciernen. Es así como el Congreso, investido por la legitimidad que le otorga el haber sido elegido popularmente, tiene la primera y justificada vocación para desarrollar la Constitución.
El oficio de la Corte Constitucional, en todas las democracias del mundo, es residual y subsidiario, restringido a aquellos eventos excepcionales donde por forma o fondo hay un irrespeto abierto de la Constitución. Ello implica que las decisiones sobre los cuales la Constitución no tiene una decisión expresa y que, en consecuencia, suponen un debate político significativo, corresponden al Congreso. Pero hoy en día el Congreso colombiano se ve en la necesidad de modificar la Constitución cuando no está de acuerdo con la posición política de la Corte sobre un tema.
El hecho violenta gravemente la democracia. Son estos debates, sobre los temas trascendentales, los que fortalecen los partidos, crean electores responsables y generan una relación real entre los congresistas y sus electores. Más aún, la democracia representativa -a pesar de todos sus defectos- siempre será mejor que el monopolio de un poder por parte de un grupo ungido, sobre el cual no tenemos ingerencia. Hoy puede parecernos insignificante la conducta de la Corte, pues hemos tenido la buena fortuna de que las decisiones, en general, no han sido tan malas; pero en el futuro ello puede cambiar.
Es prioritario considerar un nuevo artículo constitucional según el cual el Congreso pueda derogar las decisiones de la Corte Constitucional. Esta herramienta existe en EE.UU. y, a través de esta figura, el Congreso -como representante del pueblo- tiene la última palabra sobre temas propios del debate público. Se trata de imponer un límite y un contrapeso a las decisiones constitucionales. Una corte, en estas condiciones, se ve obligada a tener en cuenta la posición del Congreso, que a su vez está ligado a la opinión pública por la dinámica electoral.
Además, la arbitrariedad de la Corte es un ejemplo preocupante. Nuestro país tiende a buscar la realización de fines benévolos despreciando la importancia de los medios; una guerrilla que por el bienestar social decide ir a las armas y paramilitares que ante la ausencia de Estado deciden proteger a la población. Hace más mal que bien quien persiste en enseñar que cualquier camino es conducente. Hace doble mal quien procura más libertades con el sacrificio de los valores democráticos. Esos valores sustentan las libertades y otorgan la certeza de que nuestra opinión será auscultada y de que en nuestras manos reside la posibilidad de cambio.
El País, 7 de febrero de 2009
sábado, enero 31, 2009
Pico y Placa a los derechos
Se ha vuelto costumbre en nuestro país que las cargas que surgen de la ineptitud y de la Administración Pública sean trasladadas por ésta a los ciudadanos. Para subsanar la negligencia de administraciones pasadas, y usándolas como pretexto, se toman medidas que al mismo tiempo se vuelven una justificación de la inutilidad presente. En vez de enfrentar los problemas, simplemente se coartan los derechos de la sociedad y se limita su capacidad de acción. Es una fórmula mágica con la que el problema desaparece a costa de que cada vez encontramos más limitados nuestros derechos.
El caso es evidente en el Pico y Placa en Bogotá, que ya era una restricción a las naturales y legítimas aspiraciones de los habitantes de poder desplazarse en un carro. Ahora se pretende extender esa prohibición a todo el día y dentro de poco se proscribirá el uso del carro. Como las alcaldías de Bogotá han sido incapaces de hacer una planeación urbana decente, que tenga en cuenta el crecimiento del parque automotor, ni han podido mantener la malla vial en buen estado y mucho menos han sido capaces de diseñar y construir la vías necesarias para el flujo de una megaciudad como Bogotá, la solución es simple: que los ciudadanos no usen el carro. Sin carros no hay problema.
Por supuesto las vías no pueden hacerse de un día para otro, pero esa ni siquiera es la intención. El Pico y Placa no es una medida transitoria para alivianar las dificultades mientras se remedia el problema con la construcción de autopistas y puentes. Es la ‘solución’ simple y mediocre de quienes consideran así cumplido su trabajo. Si no hay carros particulares, la Administración ha solucionado el asunto de la movilidad. Eludir el problema tan burdamente es una manera cómoda y abusiva de trasladar el problema a los ciudadanos, quienes ahora enfrentan la cuestión de cómo transportarse en una ciudad donde el sistema de transporte público no da a abasto. ¿Si el sistema está colapsado con los usuarios actuales, que será con toda la ciudad dependiendo de él?
Es inaceptable y la sociedad civil debe manifestarse enérgicamente. El Estado tiene una serie de compromisos ineludibles. Son esas gestiones las que explican la existencia y la necesidad de una administración pública. Administrar no es ordenar por decreto que la gente se adapte a lo que hay, para eso no hace falta un alcalde. La comunidad llega a esa decisión por sí misma. Hasta hace poco, como el Estado era incapaz de garantizar la seguridad en las vías, los ciudadanos no dejaron de utilizarlas, y no fue necesario prohibirlo.
Los servidores públicos tienen que cumplir con sus funciones de manera real y no sólo formal. Deben servir al ciudadano y mejorar su calidad de vida y no simplemente zafarse de los problemas y trasladárselos a un ciudadano victimizado doblemente por la negligencia y la solución.
Si bien, al llegar a una administración se pueden enfrentar rezagos que vienen del pasado, ello no excusa la negligencia de las nuevas. Quien aspirara a esos cargos debería tener conocimientos sobre los problemas y haber valorado su capacidad de dar soluciones. Si en el camino se descubre incapaz, debe dejar el campo para otros. Pero, sobre todo, un servidor público debe respetar los derechos ciudadanos y trabajar para que la órbita de su ejercicio sea cada vez mayor.
Diario El Pais- Cali Enero 31 de 2009
El caso es evidente en el Pico y Placa en Bogotá, que ya era una restricción a las naturales y legítimas aspiraciones de los habitantes de poder desplazarse en un carro. Ahora se pretende extender esa prohibición a todo el día y dentro de poco se proscribirá el uso del carro. Como las alcaldías de Bogotá han sido incapaces de hacer una planeación urbana decente, que tenga en cuenta el crecimiento del parque automotor, ni han podido mantener la malla vial en buen estado y mucho menos han sido capaces de diseñar y construir la vías necesarias para el flujo de una megaciudad como Bogotá, la solución es simple: que los ciudadanos no usen el carro. Sin carros no hay problema.
Por supuesto las vías no pueden hacerse de un día para otro, pero esa ni siquiera es la intención. El Pico y Placa no es una medida transitoria para alivianar las dificultades mientras se remedia el problema con la construcción de autopistas y puentes. Es la ‘solución’ simple y mediocre de quienes consideran así cumplido su trabajo. Si no hay carros particulares, la Administración ha solucionado el asunto de la movilidad. Eludir el problema tan burdamente es una manera cómoda y abusiva de trasladar el problema a los ciudadanos, quienes ahora enfrentan la cuestión de cómo transportarse en una ciudad donde el sistema de transporte público no da a abasto. ¿Si el sistema está colapsado con los usuarios actuales, que será con toda la ciudad dependiendo de él?
Es inaceptable y la sociedad civil debe manifestarse enérgicamente. El Estado tiene una serie de compromisos ineludibles. Son esas gestiones las que explican la existencia y la necesidad de una administración pública. Administrar no es ordenar por decreto que la gente se adapte a lo que hay, para eso no hace falta un alcalde. La comunidad llega a esa decisión por sí misma. Hasta hace poco, como el Estado era incapaz de garantizar la seguridad en las vías, los ciudadanos no dejaron de utilizarlas, y no fue necesario prohibirlo.
Los servidores públicos tienen que cumplir con sus funciones de manera real y no sólo formal. Deben servir al ciudadano y mejorar su calidad de vida y no simplemente zafarse de los problemas y trasladárselos a un ciudadano victimizado doblemente por la negligencia y la solución.
Si bien, al llegar a una administración se pueden enfrentar rezagos que vienen del pasado, ello no excusa la negligencia de las nuevas. Quien aspirara a esos cargos debería tener conocimientos sobre los problemas y haber valorado su capacidad de dar soluciones. Si en el camino se descubre incapaz, debe dejar el campo para otros. Pero, sobre todo, un servidor público debe respetar los derechos ciudadanos y trabajar para que la órbita de su ejercicio sea cada vez mayor.
Diario El Pais- Cali Enero 31 de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)