Columnas de opinión y análisis de la actualidad de Colombia publicadas los sábados en el periódico EL PAÍS - Cali


sábado, marzo 10, 2007

La paz es un problema de Colombia y no del Gobierno

Una negociación con los grupos al margen de la ley es costosa socialmente, porque no se puede aplicar la justicia con toda su fuerza. Precisamente se negocia porque la institucionalidad ha sido incapaz de someterlos por la fuerza, o porque el costo del sometimiento en términos de tiempo y vidas humanas es mayor que las concesiones que exige una negociación para disminuir o acabar el conflicto. En este delicadísimo equilibrio la sociedad, para acercarse a la paz, ofrece alternativas a los violentos con la ilusión de que sean suficientemente atractivas para sacarlos del conflicto. Una propuesta del tipo: entréguense, confiese todos sus crímenes y váyanse a la cárcel 30 años; no es persuasiva para un grupo respaldado por miles de hombres armados en actitud de guerra. En la negociación, entonces, la sociedad les da algo que no se merecen, paga un “precio” para incorporar a la vida civil al grupo al margen de la ley. Esa es la esencia de negociar.

El proceso de paz con los paramilitares era prácticamente impensable hace unos años porque le estaban ganando al ejercito nacional, tenían recursos ilimitados provenientes de la droga y la extorsión y además estaban organizados en escuadrones móviles, como los de la guerrilla, que según los expertos son muy difíciles de derrotar. Así que, cuando el Gobierno del Presidente Uribe logró un proceso de paz con ese grupo, sorprendió a la sociedad colombiana. Y los resultados de la negociación fueron aún más impresionantes: los paramilitares aceptaron resarcir en algo los daño causados, pagar penas privativas de la libertad, renunciar a los derechos políticos y revelar al país la verdad.

Pero, la paz no la hacen los Gobiernos sino las sociedades e infortunadamente pareciera que la sociedad colombiana no está lista para ella. Las críticas al proceso de paz dejaron de ser constructivas, y se dedican a presionar la negociación desde todos los ángulos haciendo dudar a parte de la sociedad sobre la conveniencia de esas concesiones.

Dicen los críticos que no se han desmovilizado todos, habría que responderles que aún unos pocos significan menos fusiles disparando. Alegan entonces, que las penas son irrisorias; evidentemente los castigos no se compadecen con las terroríficas cruzadas paramilitares, pero les recordamos que fue una negociación con un grupo que hubiera podido seguir en la guerra y que nos evita tener que emprender de nuevo la lucha en su contra. ¿Prefieren acaso un conflicto indefinido?

Habría que decirle a los críticos de izquierda que su intolerancia con un proceso de negociación con los paramilitares no se compadece con la generosidad que tuvo el país con grupos armados de izquierda, como el M-19 se les otorgó un indulto y fueron nombrados en altos cargos de dirección en el Estado. A la crítica uribista que piense en el bienestar de la nación, más que en su propia carrera. Y ambas facciones deben medir el daño que le puede causar al país llevar este proceso al fracaso y el consecuente recrudecimiento del conflicto.

La sociedad colombiana debe juzgar por sí misma; no dejarse impresionar por los críticos que por lucirse políticamente han herido de muerte la reconciliación nacional. Si el proceso no tiene éxito, no será un fracaso del Gobierno, es un fracaso para Colombia. Esta es una oportunidad sin precedentes, extender su mano generosa y abrigar con su manto a los paramilitares, para intentar entretejer con ellos la paz.

1 comentario:

oswaldo dijo...

Por su claridad conceptual, el enfoque que Paloma le da al espinoso tema del proceso de paz con los paramilitares requiere una tribuna a nivel nacional.

Interpreta el sentir del setenta y pico % de los Colombianos que respaldan a Uribe. Felicitaciones!